8 de abril de 2014

El trauma del baberito


Uno de los recuerdos de mi infancia que se han convertido en permanentes es el de la Cafetería "Niké", un establecimiento ubicado, como lo estaban entonces las oficinas del real Zaragoza, en la calle Requeté Aragonés -hoy Cinco de marzo- y donde me llevaban mis padres en ocasiones especiales a tomar su famoso chocolate vienés, lo que por entonces llamábamos "chocolate hecho", con nata encima y que podías tomar con churros, brioches, croissants, ... Se trataba de una cafetería de estilo antiguo, decorada con detalles selectos y atendida por camareros perfectamente uniformados a quienes recuerdo mayores y ceremoniosos, aunque a los 6, 7  u 8 años cualquier persona que se acerque a los 40 te parece próximo a la senectud.


Con los años me he enterado que la cafetería fue inaugurada en 1940, que era conocida como el "Niké de los poetas" y que a lo largo de las décadas fueron participando en sus tertulias escritores, dibujantes, pintores, escultores,  periodistas, ... como Borao, Almenara, Gil Losilla, los hermanos Labordeta, Emilio Gastón, Pomarón, ... hechos que por supuesto yo ignoraba, pues "Niké" se limitaba a ser un lujo a disfrutar muy pocas veces. Por ejemplo, recuerdo haber acudido allí después de haber sido "sometido" a un análisis de sangre que en aquellos tiempos y con esa edad era poco menos que un sacrificio ritual. Un día de primavera de 1969 "Niké" cerró y se terminó su encanto, otros lugares pretendieron ocupar su sitio, pero como aquél ya nunca hubo otro.


Y entre esos recuerdos que pululan alrededor de mi memoria queda grabada la situación que, ineludiblemente, se producía cada ocasión en que me sentaba a consumir el correspondiente chocolate, cuando el camarero que nos correspondía se dirigía a la persona mayor que en su caso me acompañara y preguntaba con voz circunspecta: "¿un "baberito" para el niño? ... semejante ocurrencia lo consideraba como una especie de menosprecio, casi un insulto, pues para mis convicciones el babero era una prenda reservada para quienes aún andaban en el destete, y consideraba una osadía, rayana en la humillación, que ese señor tan pulcramente uniformado pretendiera atarme al cuello un "trapillo" que vete a saber lo que podía llevar dibujado. No se me ocurría que el hombre seguramente no hacía más que cumplir órdenes, o en todo caso ejercitar costumbres. Eso sí, ante semejante proposición nunca permití una respuesta afirmativa. Con el paso de los años la cuestión me produce entre risa, nostalgia y ternura, a la vez que me planteo que cada vez queda menos tiempo para que probablemente haya que volver a ofrecerme "baberitos" a la vista de los efectos del paso del tiempo .... aunque aún falta para eso, que hay quien me acusa de llorón.

La foto la he conseguido en una página de Heraldo de Aragón.



8 comentarios:

sunsi dijo...

Qué detalle por parte del personal del local. A mí me colocaban (mi madre, claro) directamente una servilleta enorme y punto en boca.

No digas estas cosas, jurisconsulto. Que eres muy joven para pensar en la posibilidad de ser un viejete con babero.Madre mía lo que te queda todavía.

Un saludo, Modestino :)

Modestino dijo...

Ya se que aún me queda, pero intuyo más cerca el baberito futuro que el de aquellos tiempos ;););)

Susana Moreno dijo...

tendrían que poner babero también a los adultos, que el chocolate mancha mucho.:) Un beso.

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Modestino dijo...

El chocolate mancha también el mantel ... y ahí no hay solución ...:)

Anónimo dijo...

Es leer chocolate vienés y que me den una ganas de comer chocolate...
Mi madre los miércoles por la tarde hace chocolate, así que solo tengo que pasar por casa sobre las cinco y merendar.
Por cierto mi madre a los más pequeños les dice "ponte bien la servilleta que no quiero que te manches"

Modestino dijo...

A ver si me invitas, pues :):)

Driver dijo...

Todavia queda esa limpia costumbre, aunque adaptada a los tiempos.
En la costa portuguesa es frecuente encontrar establecimientos de venta y consumo de marisco atlantico, donde lejos del mercado español donde el marisco es un lujo, solo al alcance del Sr. Barcenas y algunos de sus acaudalados secuaces, los frutos del mar son consumidos a un precio mas que razonable, en unas cantidades mas que escandalosas, con una calidad mas que recomendable y en un entorno mas que espectacular.
La limpia costumbre es proveer a la clientela de unos enormes baberos de talla xxs, que tan solo dejan fuera del alcance de las manchas a las extremidades inferiores en grado minimo, minimorum.
Eso si, los hiper baberos son de plastico, acordes en su naturaleza polimera con el importe de la consumicion.
Regado con abundante vino blanco me dispuse a atacar por la banda de babor a aquella tormenta atlantica de bueyes marinos, gambas, cigalas, cangrejos, cefalopodos y crustaceos varios.
Y hete aqui que se produjo un curioso fenomeno optico, de cuya explicacion todavia ando buscando razon y sentido.
Tras el banquete y merced a los efluvios de los apropiados caldos, senti la necesidad de encararme con la madre del cordero, aunque en este caso seria mas preciso escribir , la madre de la langosta.
Camine por la playa y otee sin prisas la linea del horizonte atlantico, que aquel dia andaba parcialmente nuboso como consecuencia del correspondiente y puntual anticiclon de las Azores.
Y entonces se produjo el fenomeno optico, cuyo estremecedor recuerdo me acompañara hasta los restos.
Enmedio de la bruma y a pesar de las mas de doce mil millas nauticas que nos separaban, vi a la señora.
La mismisima estatua de la Libertad se me aparecio, justo enfrente de mis atonitos ojos.
...
¿Fue una vision causada por los vapores de los crustaceos, del vino, o en su defecto de ambos ?

Nunca lo sabre.
Lo unico que puedo afirmar con rotundidad, es que llevaba colgado del cuello un enorme babero de plastico.
Y que la señora sonreia, sabiendose protegida de manchas y lamparones que pudieran afear su hermosisima figura.
...
A veces pienso en la Libertad.
Y siento que algunos de los mejores conceptos son merecedores de baberos que los protejan.

Cuanto mas grandes, mejor.
Mucho mejor.