15 de junio de 2013

"Yo sí que trabajo bien"


Nos hemos acostumbrado a juzgar a los demás, a opinar sin prudencia ni moderación de cómo trabajan, con qué responsabilidad atienden a su familia y cuál se su nivel de cumplimiento de las diferentes obligaciones ciudadanas. Así somos, plenamente cumplidores transcurridos más de dos siglos de lo que ya Jesús nos enseñaba a lo largo de sus andanzas por Galilea y alrededores, y no son pocas veces las que nos puede venir a la cabeza con plena justificación eso de colar un mosquito y tragar un camello. Hay quien tiene especial debilidad por poner verde el trabajo que realiza el resto del mundo, los he conocido próximos a la obsesión, incluso alguno que se acercaba peligrosamente a la psicosis. Y no digo que en ocasiones no haya razones para poner en cuarentena la responsabilidad del prójimo, lo que pasa es que la objetividad en la valoración de cómo trabaja el personal debe de ser compatible no solamente con la caridad y el respeto, sino también con la ponderación y esa medida de prudencia que olvidamos tantas veces de no opinar sin tener todos los datos ni haber escuchado todas las campanas.

Andamos en tiempos de enmiendas a la totalidad y no es infrecuente escuchar cómo se denosta, así de un plumazo, sin matices ni excepciones, a médicos, abogados, funcionarios, farmaceúticos, periodistas, ... Debe de ser mi natural inseguro, pero me sorprende la pasmosa tranquilidad -auténtica y genuina ligereza- con que muchos explican cómo solucionarían ellos los problemas, cómo pondrían en la calle a medio mundo, abroncarían, sancionarían y despidirían sin límites ni cortapisas y, por supuesto, se comerían el mundo con sus capacidades, impulsos y experiencias. Así tendemos a ser en todo, grandes analistas desde el sillón, la tertulia o el teclado del ordenador, y, sobre todo, a funcionar con una facilidad pasmosa para poner verde al prójimo, con razón y sin razón.

Eso sí, esos mismos que harían borrón y cuenta nueva con tantas cosas tienen también sus ídolos -algunos incluso de barro- a quienes colocan en un pedestal alto e inalcanzable, sus ámbitos y rincones perfectos e intocables, personas, entidades, grupos, ... que siempre rozan la perfección, a los que no cabe cuestionar porque entonces rebasas los límites de sus propias devociones, entonces se sienten agredidos y te dicen que por ahí no pasan. En fin, que da gusto tropezarse con tanto "exquisito" que tiene solución y, sobre todo, juicio implacable para todo y para todos.
 
 

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta frase de un libro que recomendaste; La Elegancia del Erizo

"Los que saben hacer las cosas, las hacen; los que no saben, enseñan a hacerlas; los que no saben enseñar enseñan a los que enseñan, y los que no saben enseñar a los que enseñan se meten en política"

susana dijo...

Criticar es muy fácil, aportar soluciones es otra cosa. Un beso.

Modestino dijo...

Magnífica la cita, gran libro ese¡¡¡¡¡

Modestino dijo...

Susana, ahora la crítica es deporte nacional ... a lio que hay que sumar que no siempre las fuentes de información son de fiar.

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡Buenas tarde Modestino! Una llamada de atención muy oportuna en tu post.
Hablas de Jesús de Galilea y al hilo de lo que denuncias, a mí también me gustaría citarle: "Hay quién ve la paja en el ojo ajeno y no repara en la viga, en el propio" (no es textual)...
Personalmente aborrezco a los sabelotodos que siempre acaba por descubrirse que no tienen ni idea de nada...así vamos amigo mío, al desastre sin paliativos, al menos los que te hemos leído, podremos decir "ya lo decía Modestino" :-)
¡Que pases una buena tarde, querido!
Asun

Modestino dijo...

Si Asun, abundan los sabelotodo y también hay quiénes han sometido su vida a un permanente reglamento o dicho de otra manera, tienen vocación de inspectores.

Anónimo dijo...

Generalmente esa gente tiene dos varas de medir y para ellos mismos usan la mas beneficiosa

Modestino dijo...

Si, dos varas de medir y un peñón fijo que asusta.