28 de febrero de 2011

Matrix en Madrid



La semana pasada estuve jueves u viernes en Madrid; ya se que me repito, pero no puedo dejar de decir que visitar la capi es para mí siempre una satisfacción. Además de poder saludar a viejos amigos y compañeros de profesión, cuando las reuniones terminan en torno a media tarde uno tiene la ocasión de callejear por las calles madrileñas, en esta ocasión en compañía de un amigo que tiene, entre otras, la virtud de fijarse en lugares y edificios bonitos y elegantes, algo que tiende a pasar desapercibido a un alma despistada como la mía. Y estos paseos, si los terminas con una buena cena te dejan un regusto magnífico.

Y cuando viajo a Madrid, algo que suele ocurrir varias veces al año, me cruzo con unos personajes que me llaman la atención; suelo coincidir con ellos en el AVE, en Atocha, en el Metro y en torno a los edificios de oficinas del Paseo de la Castellana, muy especialmente en los que se encuentran en las inmediaciones de Nuevos Ministerios y el Santiago Bernabeu. Son individuos jóvenes, no creo que ninguno llegue a la cuarentena y bastantes no alcanzan los treinta, que van uniformadamente vestidos con traje oscuro -generalmente negro o gris marengo-, con aires más de Milano o Dutti que de Armani o Zegna, con pantalón de base estrecha y zapato negro y más bien alargado. Tienen una enorme afición al uso del móvil y en los vagones del AVE los sueles ver dándole a la tecla del portátil, mientras que una vez salen del tren pasean su maletilla con matices de diseño.

Tengo la sensación de que estos jóvenes tienden a exhibir una actitud seria y distante, como si necesitasen ofrecer una imagen de frialdad, de distancia frente al resto del mundo. Por eso me recuerdan a "Matrix", una película que me entretuvo en su día, aunque no soy capaz de filosofar en exceso respecto a ella. Simplemente estos dinámicos aspirantes a ejecutivos me recuerdan a esos agentes de mirada glaciar y disciplina implacable que al final no eran más que representaciones ideales, una especie de creaciones artificiales.

Porque estoy seguro que cada uno de ellos,una vez pasada la jornada laboral, se despojarán de esa apariencia indefinida, de su aspecto standarizado y ejercitarán su condición de hombre de carne y hueso, de padre feliz porque el niño ya dice "papá", de soltero agobiado porque no se le pase el arroz, de ciudadano en crisis personal ante la falta de cariño humano, de individuo que se enfrenta a dramas personales o familiares o de empleado harto de las exigencias desproporcionadas de sus mandos con planteamientos de cambiar en cuanto pueda de profesión, e incluso de aspecto.

Y es que en el fondo, la anécdota no es más que una lección más: puede haber apariencias formales, apariencias extravagantes, apariencias monolíticas, ... y así hasta el infinito, pero cada tipo que te cruzas es algo más que eso: una persona, el único ser de la creación dotado de inteligencia racional y voluntad libre.


27 de febrero de 2011

"In the ghetto", Elvis Presley (1969)



El mismo año en que el hombre pisó por vez primera la luna, el Concorde realizaba su primer viaje, llegaba al poder en Libia Muammar Al Gaddafi, Pelé marcaba el gol número 1000 de su carrera y subían al poder en Alemania y Francia Willy Brandt y George Pompidou Elvis Presley alcanzaba los primeros lugares en las listas de ventas de todo el mundo con esta canción, "In the ghetto", que cuenta la historia de un joven que crece en el ghetto en Chicago y un día es asesinado de un disparo. La canción la compuso Mac Davis, llevando originariamente el título de «The vicious circle».

Me acuerdo perfectamente de la carátula del "single" expuesta en "Linacero", "Guateque", y demás tiendas de discos de Zaragoza, incluso en los anaqueles del SEPU, pues por aquellas fechas no existía en Zaragoza ni siquiera "Galerías Preciados". La canción compartió la cabecera de los hit-parades con temas tan célebres como "La balada de John y Yoko" de Los Beattles, "Love me tonight", de Tom Jones, "Je t'aime… moi non plus", de Jane Birkin, "Honky tonk woman", de los Rolling Stones y "Sugar sugar" de The Archies.

Cuando uno escucha al ídolo de Memphis cantar "In the ghetto", y otras muchas, uno se lo imagina atravesando el desierto americano con un descapotable enorme o paseando por las calles de Las Vegas con su cazadora al hombro. La canción fue también versionada por otros artistas como The Cranberries, Dolly Parton, Nick Cave and the Bad Seeds, llegando a existir una versión española a cargo del Príncipe Gitano. También la cantó la hija del cantante, Lisa Marie Presley, fruto de su matrimonio con Priscila, quien la cantó junto a su padre con el fin de recaudar dinero para la Fundación Presley.




26 de febrero de 2011

Un auténtico tratado de malas artes políticas














"Roscoe, negocios de amor y guerra"
William Kénnedy
Libros del Asteroide. Barcelona (2010)
432 páginas



El día que Estados Unidos celebra la victoria sobre Japón, Roscoe Conway decide retirarse de la política tras haber regido, de manera particular y poco escrupulosa, el Partido Demócrata de Albany, capital del estado de Nueva York, durante más de medio siglo. Cuando está a punto de hacer pública su dimisión, recibe la noticia del suicidio de su amigo Elisha Fitzgibbon, ex alcalde demócrata de Albany y ex candidato a gobernador del estado.
La muerte de Fitzgibbon desata todo tipo de rumores y a Conway no le quedará más remedio que repasar los últimos veinticinco años de su vida para comprender las razones que han llevado a su amigo al suicidio. La pérdida temprana de su verdadero amor, las luchas por el control del partido, sus relaciones con los gángsters irlandeses, el amaño de distintas elecciones, el control del contrabando de alcohol y del juego, son parte de los recuerdos que van acudiendo a su memoria y que terminan conformando el retrato del poder político y económico en Albany durante la primera mitad del siglo XX.


El autor recibió en su día el Premio "Pulitzer", la editorial "Libros del Asteroide suele reeditar narraciones excelentes y los escritores USA del siglo pasado tienden a ser garantía de buenas lecturas, con lo que "Roscoe, negocios de amor y guerra tenía todos los ingredientes para ser una excelente novela. Efectivamente, el libro está muy bien escrito y el tema que trata, la política de partidos en USA, es sin duda un tema apasionante.

Eso sí, al menos a mí no me ha resultado nada fácil de leer y una vez acabada la lectura uno no sabe bien a que atenerse a la hora de definir lo que ha pasado por sus manos; en "El País" suelo encontrar comentarios bastante acertados y significativos y allí un tal Francisco Solano realiza una definición que me parece bastante definitoria: "No termina uno de hacerse una idea clara de si Ciudad de amor y guerra es una novela paródica, con tendencia a la humorada, o un amargo sarcasmo sobre las maniobras que rigen las elecciones de Estados Unidos, y en concreto del Estado de Albany."; yo más bien apostaría por la ironía más crítica.

El libro nos habla de los avatares del partido demócrata de Albany, de cómo los tres protagonistas principales, Patsy, Elisha Fitzgibbon y, por encima de todos, Roscoe Conway manejan y manipulan lo que haga falta para defender el interés del partido ... y el propio. Porque el argumento es en un marasmo de apaños empresariales, triquiñuelas, trampas, corrupciones, melodramas de burdel, complicadas relaciones familiares, oscuras tramas delictivas, delaciones y crímenes. El autor llega a poner en boca de Roscoe que a afirmar que "la vida sin traición no es vida".

EL referido artículo de "El País" también atina al asegurar que "son tantas, y tan imprevisibles, las secuencias que voltean la información -cuando el lector cree ya saber algo- que se diría que la novela está siempre comenzando", y es que efectivamente no parece haber una línea argumental, sino una sucesión de trapisondas sin fin que William Kennedy nos cuenta sin hacer valoraciones, con cierto tono sarcástico, como si dejara que fuera el lector quien juzgara lo que está leyendo.

En definitiva, un libro interesantísimo, nada sencillo de leer, en el que hay que fijarse muy bien en cada párrafo; un libro que te introduce en un mundo, el de la política, que el autor parece conocer muy bien pues lo que cuenta reviste aires de realidad y, aunque se refiera a los años 30, da la impresión que puede ser perfectamente aplicable a nuestros días.


25 de febrero de 2011

Dios salve a Jim y Artemus

El otro día vi la película "Chantaje a una mujer", una incursión de Blake Edwards en el cine de suspense que resulta bastante entretenida e interesante; y me hizo gracia comprobar que el "malo-malísimo" del film era nada menos que Ross Martin, un ilustre secundario cuya imagen tenía bien grabada desde mi infancia por su papel de Artemus Gordon en "Jim West", una serie televisiva que tuvo un singular éxito en nuestro país en aquellos tiempos de enlace entre la década de los 60 y la de los 70. Tanto Jim, representado por Robert Conrad como Artemus eran agentes del servicio secreto y se encontraban situados en el viejo oeste americano durante la administración del presidente Ulysses S. Grant. La serie era una original combinación de Western, espionaje, ciencia ficción, artes marciales, y situaciones rocambolescas envueltas en acción, melodrama, y comedia; recuerdo perfectamente que me dí cuenta desde el principio que no estábamos ante una de las tradicionales americanadas, pues ni era una serie del Oeste "ad hoc", como lo podían ser "El virginiano" o "Bonanza" ni se trataba de unos episodios de espías y agentes secretos, como el caso de "Misión Imposible" o "El agente de C.I.P.O.L.". Se convirtió enseguida en un programa con la categoría de clásico y serie de culto.

Jim West era el típico agente "guaperas" que iba rompiendo corazones y, por supuesto, peleando por que ganara el bien, con la peculiariedad de ser una especie de arsenal ambulante, utilizando artefactos prototipo del siglo XX. Artemus Gordon era el complemento perfecto: poseía conocimientos enciclopédicos para inventar muchas de las armas utilizadas en sus misiones, estando dotado de la capacidad camaleónica de disfrazarse para caracterizar a todo tipo de personajes. Ambos viajaban en un tren por todo el oeste, enfrentándose a peligros surgidos de indios, científicos locos, revolucionarios, matones e incluso en ocasiones hasta zombies. El papel de villano solía correr a cargo del cantante Michael Dunn, un enano que encarnaba al Dr. Miguelito Loveless. Las peculiariedades físicas del actor le convertían en un malvado muy especial, dotado de una perversidad específica.

Resultó llamativo que Robert Conrad hacía las escenas de peligro en persona, y así boxeó, montó a caballo, se peleó con todo el mundo, hizo acrobacias, ... costándole todo ello más de un accidente. Conrad y Martin se compenetraban perfectamente, el primero aportaba su condición de seductor y de valiente, mientras que Ross Martin, en la realidad y en la ficción, ponía el ingenio y la profesionalidad. Uno y otro formaron parte de la infancia de muchos que, aunque en ocasiones no entendíamos demasiado el argumento, lo pasamos pipa con esta pareja.






24 de febrero de 2011

Un innovador de la tele de la época

A cualquier jovenzano al que en la actualidad menciones el nombre de José María Íñigo le sonará a un individuo con la cabeza pelada, más bien fondón y pasadete y con más pasado que presente y, por supuesto, futuro. Pero quienes hemos entrado en el clan de los "cincuentones" tenemos un recuerdo mucho más dinámico del presentador, porque Íñigo fue en su día todo un innovador, un periodista que rompió moldes y aportó un toque de dinamismo y modernidad a su trabajo. Estábamos demasiado acostumbrados a las sobrias y casi tétricas intervenciones de David Cubedo, con su voz profunda, a la forma de hacer más bien hortera de José Luis Uribarri o a las maneras mucho más radiofónicas que televisivas de Joaquín Prat y José Luis Pecker. José María Íñigo fue un gran comunicador, tenía una soltura notoria y notable y ofrecía una imagen de modernidad en unos tiempos en los que un bigote de las características del suyo y unas patillas llamativas destacaban entre tanto formalismo y tanta ortodoxia. El periodista vizcaíno hablaba con frescura y fluidez, a lo que cabía añadir algo que resultó innovador: la actuación en directo, un toque de valentía que en su momento le convirtió en un pionero y, a la vez, en líder indiscutible.

Recuerdo que las primeras veces que vi aparecer a José María Íñigo en la pequeña pantalla fue en el programa musical "Ritmo 70", que presentaba junto al periodista valenciano Pepe Palau, fallecido hace ocho años, ya ese programa tenía un toque nuevo, distinto. Aunque donde el éxito de Íñigo llegó arrolladoramente fue con "Estudio Abierto", su primer gran "magazine" en directo, que se emitía en la segunda cadena -UHF-, a mitad de semana en programación de noche. Era un programa de un gran dinamismo, con entrevistas y actuaciones en directo; por allí pasaban los grandes intérpretes de la época -se emitió de 1972 a 1974- como Nino Bravo, Mari Trini o Los Bravos, a la vez que tenían su oportunidad los cantantes noveles: allí vi por vez primera actuar a Camilo Sexto. En la foto podemos ver a Íñigo entrevistando a la mismísima Catherine Deneuve.

El éxito incontestable de "Estudio Abierto" llevó a Íñigo a la primera cadena; hoy en día ésto es algo sin demasiada trascendencia: están la Sexta, el Plus, Tele-5, Antena-3, las teles de cable, los partidos de pago, Intereconomía, ... pero a mediados de 1975 pasar a TVE-1 era alcanzar el zenit televisivo. Así, los sábados por la noche "Directísimo" se convirtió en el "magazine" por excelencia; la presencia del aleman Uri Geller, que aseguraba doblar cucharas y arreglar relojes con la mirada, entre otras cosas, pudo ser el punto culminante del programa, y los españolitos de entonces estuvimos polemizando durante semanas sobre la veracidad de lo que el tal Geller hacía; pero hubo otros momentos célebres, como el encuentro entre dos toreros rivales del momento, Paco Camino y Palomo Linares, quienes casi llegan a las manos en el plató, o la actuación del "hombre orquesta", un tal "John Balán" que era capaz de hacer sonar música con la única ayuda de una puerta, o la presencia en directo de dos viejos actores de Hóllywood, Johnny Weismuller, un Tarzán decrépito que hizo sonar su grito de manera triste y ridícula o una Rita Hayworth demolida por el alzheimer de la que no quedaba ni rastro de lo que fue en "Gilda". Las anécdotas del programa daban lugar a comentarios para toda la semana, pues "Directísimo" era uno de los líderes de audiencia del momento.

José María Íñigo siguió trabajando, con un remake de "Estudio Abierto", un programa llamado "Fantástico" y otros que no soy capaz de recordar, pero su momento cumbre en nuestra tele lo tuvo, sin ninguna duda, con sus programas en directo. Era un hombre que caía bien y supo sacar un partido enorme a sus capacidades, que yo creo que eran muchas.


23 de febrero de 2011

Niño, ¿qué se dice?



Seguro que a poco que escarbemos en nuestra infancia recordamos la frase, incluso quienes tenéis hijos pequeños la habréis dicho en más de una ocasión, y es que desde pequeñitos es bueno enseñar a ser agradecidos, a valorar lo que hacen los demás por nosotros, los servicios que nos prestan, los detalles con los que nos hacen la vida más grata, los regalos que nos obsequia su generosidad. Es posible que ese "gracias" saliera con una mezcla de timidez, rutina y mecanización, pero al mismo tiempo rubricaba en nuestra cabeza que uno no puede ir por la vida pensando que lo que recibe es merecido, que está en condiciones de exigir a todos y cada uno con los que se cruza que cumplan con uno mismo.

A mí me parece que andamos en una sociedad con más bien poca capacidad de agradecimiento, no veo la gratitud como una de las características de los ciudadanos de este siglo que avanza tan implacable como cargado de incertidumbre. No saber ser agradecido es, evidentemente, una cuestión de educación, de cierta humildad y de algo de capacidad de pensar en los demás. Pero puesto a pensar tengo la sensación de que, por un lado, damos muy poca importancia al trabajo de los demás, andamos frecuentemente tan convencidos de nuestra excelencia que solamente somos capaces de mirar con ojo crítico lo que hace el resto, y así ni nos planteamos dar las gracias, consideramos al otro un inútil -o casi- y sólo somos capaces de ver tantos errores y omisiones que ha cometido; por otra parte, hay una generalizada conciencia de los muchos derechos que tenemos, razón por la que cualquier servicio que se nos presta lo consideramos como álgo que se nos debe y ni se nos ocurre perder el tiempo con gratitudes.

He observado que los ciudadanos tenemos una gran facilidad para exigir; es de cajón que se ha de saber ejercitar los derechos, y que para ello habrá que reclamarlos a quienes han de facilitarnos su ejercicio, pero es algo que no debería hacernos perder la elegancia. ¿Qué vemos al otro lado del mostrador?, ¿un esclavo a nuestra disposición?, ¿un ciudadano que presumimos limitado, sino vago y perezoso? ... si alguien nos cede el paso o el asiento, nos abre una puerta o nos ayuda a llevar paquetes ¿somos capaces de valorar un detalle tan nimio?, ¿o estamos tan convencidos de que nuestro tiempo es más importante que el suyo que ni nos planteamos darle las gracias?, ¿o, peor, pensamos qué querrá de nosotros para ser tan amable?.

Tendríamos que expulsar de nuestra convivencia diaria la desconfianza, la frialdad, la tosquedad, ... todas aquellas actitudes que nos vuelven indiferentes, egoístas y ariscos, incapaces de sentir afecto e interés ante quienes comparten nuestra condición de protagonistas del mundo.


22 de febrero de 2011

El turno de Al Gaddafi

En Libia se está armando gorda; cuando escribo estas líneas -7 de la tarde del 21 de febrero, hora española- hay rumores de que el líder libio viaja camino de Venezuela buscando un exilio dorado, aunque no hay nada confirmado. Lo que sí parece indudable es que los acontecimientos se precipitan en Trípoli, los disturbios adquieren unas dimensiones llamativas -al parecer hay decenas de muertos, se asegura que ha ardido la sede del Gobierno y el hijo del presidente ha amenazado con una guerra a los ciudadanos- y todo apunta a que estamos ante otra situación imparable. Eso sí, en esta ocasión parece que todo tiene peor aspecto que en Egipto, incluso hay quien habla de que puede llegar a producirse un auténtico genocidio. Y es que, al menos a primera vista, la catadura de Muamar Al Gaddafi es bastante peor que la del ya derrocado presidente egipcio. Al Gaddafi llegó al poder el 1 de septiembre de 1969 tras liderar una revolución militar que derrocó la monarquía encabezada por el rey Idris y desde entonces -han pasado más de 40 años- gobierna con mano dura y pulso firme un país situado en un lugar estratégico. El líder libio, a lo largo de estas cuatro décadas, ha aniquilado a sus opositores, ha intervenido -especialmente en la década de los 80- en el terrorismo internacional y en las guerras africanas -caso del Chad- y se ha enfrentado a los Estados Unidos. Solamente el presidente Reagan, con una acción osada y discutida le paró los pies metiendo sus aviones en el mismísimo palacio presidencial; Reagan le acusaba, parece que con razón, de haber estado implicado en los atentados de los aeropuertos de Viena y Roma en 1985, los de la Discoteca "La Belle" de Berlín en 1986, de dar apoyo a Abu Nidal, y de tener que ver con el atentado de Lockerbie y el cometido contra el vuelo UTA 772.

Pero Gaddafi, aunque su protagonismo internacional se vio reducido y su capacidad de "dar mal" se redujo a su propio país, ha aguantado otros veinte años largos en el poder, algo que supone la consolidación de un régimen donde ni hay libertades ni existen resortes para sacar del poder al dictador sin derramamientos de sangre. Por esta razón lo que se va conociendo de la situación en Libia y de las perspectivas que se abren en dicho país es para echarse a temblar, para comprender la incertidumbre, la tensión y el miedo que tienen que estar aflorando entre los ciudadanos libios; eso sí, lo que parece claro es que la mecha se ha encendido y no va a ser posible pararlos así como así.

Nuevamente surgen las preguntas que aparecían cuando la reciente crisis de El Cairo, cómo los occidentales solamente fuimos capaces de accionar contra Libia cuando nos vimos en peligro, atacados por un país gobernado por alguien con aspecto y maneras de iluminado; tras aparecer de modos más pacíficos hemos dejado que siguiera "percutiendo" a los suyos. Ahora queda por saber en que terminará todo y, tema que no deja de ser preocupante, lo que pasará después.

A uno le parece estar reviviendo esos días de hace casi 25 años en los que cayó el Muro de Berlín, se vino abajo el telón de acero y el imperio bolchevique terminó reducido a pavesas; con el Islam por medio resulta complicado, a la vez que inquietante, saber en que va a quedar toda esta movida.


21 de febrero de 2011

Fallecimiento de una gran secundaria



El sábado falleció en Madrid Florinda Chico; el nombre de esta gran actriz extremeña mi mente lo asocia de manera inmediata al de Rafaela Aparicio, pues ambas desempeñaban el papel de chachas en "La casa de los Martínez", ese programa de Romano Villalba que protagonzaban Julita Martínez y Carlos Muñoz y era visto por miles de españoles en la sobremesa de los viernes. Rafaela y Florinda aparecían como dos señoras grandes en todos los aspectos y con una simpatía que despachaban por arrobas. Eso sí, mientras la gran "humanidad" de Rafaela Aparicio era de esas modelo "monovolumen", es decir casi tan ancha como alta, la de Florinda Chico era más de dama exhuberante.

La Academia del Cine ha afirmado en su página web que la actriz nacida en Don Benito -yo creo que, efectivamente, tenía aspecto de haber nacido en un lugar con ese nombre- "hizo de todo: salas de fiesta, cabaré, café-teatro, revista, zarzuela, comedias, obras de Valle Inclán, series y películas", una afirmación que describe perfectamente la capacidad de esta mujer, quien además tenía fama de poseer un fuerte carácter y tener a su marido en permanente posición de firmes.

En el cine hizo frecuentes papeles de matrona y sirvienta, favorecidos por su especial físico; así cabe citar su trabajo en "Las que tienen que servir" (1967), de José María Forqué, "Cateto a babor" (1970), de Ramón Fernández, con un Alfredo landa en pleno "landismo" y nada menos que 22 trabajos con el inefable Mariano Ozores, entre las que destacan "Dos chicas de revista (1972) junto a míticos del humor cinematográfico como Antonio Ozores, López Vázquez, Gómez Bur, Sacristán y Lina Morgan, "El calzonazos" (1974), junto a otros mitos como Paco Martínez Soria, Mari Carmen Prendes y Laly Soldevila, "Los bingueros" (1974), "El hijo del cura" (1982) y "El currante" (1983), sin olvidar su trabajo con Pedro Massó en "El divorcio que viene" (1980).

Pero Florinda Chico también hizo trabajos de tono más serio, y aparece en el reparto de películas tan significativas en la historia de nuestro cine como la adaptación que hizo Mario Camus de la obra de García Lorca "La casa de Bernarda Alba" (1987), junto a Irene Gutérrez Caba y Ana Belén y "Cría cuervos" (1975), una de las óperas primas de Carlos Saura. Y es que Florinda también era caopaz, y de qué manera, de cumplir a la perfección cuando se trataba de ejercitar los registros dramáticos. En ocasiones se ha cargado sobre determinados actores el sambenito de la comicidad, como si solamente valieran para el chiste, para el vodevil, ahí está el caso de Alfredo Landa, José Luis López Vázquez o José Sacristán, quienes acabaron siendo un descubrimiento cuando fueron capaces de bordar papeles como los de "El puente", "Mi querida señorita" o "La colmena"; de Florinda Chico se puede decir, evidentemente, lo mismo, y es que quien es un profesional de los pies a la cabeza es capaz de hacerlo bien en cualquier tipo de trabajo.

En televisión, además de la referida "Casa de los Martínez", Florinda participó en series como "Los maniáticos" (1974), "Este señor de negro" (1975-1976), de Antonio Mercero, "Taller mecánico" (1991), "El sexólogo" (1994), "Makinavaja" (1995-1996) y "La casa de los líos" (1996-2000). En teatro triunfó en los años 80 con "Mi tía y sus cosas" (1985), en la que interpretaba precisamente a una sobrina de Rafaela Aparicio.




20 de febrero de 2011

Los dos apellidos de los árbitros



Desde pequeñito me ha llamado la atención el que a los árbitros españoles se les llamara por los dos apellidos; recuerdo a los más famosos "referees" de mi niñez de quienes, efectivamente, uno conocía tanto el apellido del padre como el de la madre: Órtiz de Mendíbil, Rigo Sureda, Sánchez Ibáñez, Guruceta Muro, Soto Montesinos, Pascual Tejerina, ... otros posiblemente acabaron renegando de semejante costumbre, es el caso de dos árbitros que pasearon por la 1ª División de los 70 como Acebal Pezón y Condón Uriz, mientras que a lo largo de las siguientes décadas hasta nuestros días las tertulias futbolísticas al hablar de los de negro han seguido mencionando dos apellidos: García de Loza, Andújar Oliver, Mayoral cedenillas, Ramos Marco, Brito Arceo, Díaz Vega, Enríquez Negreira, Pes Pérez, Carreira Abad, Crespo Aurré, Iturralde González, Mejuto González, Undiano Mallenco, Japón Sevilla, Pajares Paz, Dauden Ibáñez, ... incluso en ocasiones se citaba el nombre, como es el caso del aragonés Celino Gracia Redondo.

El pasado miércoles y en una comida con varios amigos me enteré de las razones que explican, no se si con fundamento o sin él, porqué en nuestro país se citan ambos apellidos; a finales de los años 70 comenzó a destacar en el fútbol español un árbitro murciano apellidado Franco, un hombre que llegó a internacional y que incluso arbitró un encuentro del Mundial de fútbol celebrado en Argentina en 1978; en una ocasión el Sr. Franco dirigió un encuentro en el Sánchez Pizjuan, un partido cuyo resultado desconozco pero que debió ser poco propicio para el Sevilla porque la afición local acabó muy descontenta con la actuación del trencilla, tanto que al día siguiente los periódicos llevaban titulares tales como "Franco lo hizo muy mal", "Franco masacró al Sevilla" o "Franco nos robó el partido". Los comentarios citados acabaron llegando al Palacio del Pardo y no se sabe si a través de la propia casa del entonces Jefe del Estado o por vía del aquellos años vigente Ministerio de Información y Turismo, vete a saber si en época de D. Manuel Fraga, se tomaron cartas en el asunto y se prescribió que a partir de entonces a los árbitros se les llamaría con apellido paterno y materno, que manda narices.

El hecho me recuerda lo que oí contar en una ocasión sobre los campeonatos escolares de lo que entonces se llamaba "mini-basket" en la Barcelona de los 60, donde al parecer hubo que moderar los comentarios de la prensa deportiva que eran del siguiente tenor: "San José apaliza a la Inmaculada", "Santo Domingo abusa de Santa Clara", "Santo Tomás ridiculiza a San Agustín", "los jesuitas apabullan a las ursulinas", ... ardió Troya y los colegios tuvieron que poner nombres distintos a sus equipos ... aunque a lo mjejor todo ésto es leyenda urbana.

En la foto que encabeza el post aparece D. Ángel Franco Martínez acompañado de Johan Cruyff y Hernández, capitanes del Barça y del Las Palmas en la imagen previa a la Final de la Copa del rey que enfrentó a ambos equipos en 1978; puede verse que su parecido con el gallego que mandaba por entonces es inexistente, pero por aquellas fechas se hilaba muy fino.


19 de febrero de 2011

Felices y musicales años 60


Uno puede darse una vuelta por youtube e ir buscando esos vídeos nostálgicos en los que se reencuentra con las canciones que escuchaba de pequeño en la televisión de blanco y negro; eran tiempos en los que en el mundo de la música imperaban los estilos impuestos por todo el mapa por Los Beattles y los Rolling Stones, a la vez que se extendía, con notorios aires de protesta, la música folk, representada por intérpretes de la talla de Bob Dylan, Joan Báez, Donovan, ... En España estábamos muy lejos de ese nivel y todo era, al menos en apariencia, más rudimentario, pero las canciones de entonces son capaces de encender las emociones.

Mis primeros recuerdos musicales tienen mucho que ver con un programa que se emitía los domingos por la tarde llamado "Escala en Hi-fi", lo presentaba Juan Erasmo "Mochi" y una serie de aspirantes a estrellas ponían cara a los éxitos musicales del momento a base de entusiasmo y play-back. Recuerdo perfectamente que dos de los éxitos que allá por 1964 o 1965 se escuchaban a todas horas venían de Francia e Italia: de más allá de los Pirineos era el cantante Hervé Vilard, quien interpretaba una canción de amores desdichados titulada "Capri C'est fini", mientras que, atravesada la Costa Azul, triunfaba en Italia Jimmy Fontana con "Il mondo". De vez en cuando aparecían solistas o grupos ingleses con éxitos importantes en los hit parades, incluso alguna visita a programas como "Noches del sábado"; así recuerdo a Mary Hopkins con su "Qué tiempo tan feliz", a lo mucho que sonó por aquí la canción que rivalizó con Masiel en Eurovisión, "Congratulations", cantada por Cliff Richards o un tal Oliver que cantaba un tema lento y meloso titulado "Jean", incluso un tal Tommy James, que creo era norteamericano, y alcanzó el número uno del hit parade español con "Mony mony".

Pero en España también teníamos primeros espadas, y por encima de todos destacaba Raphael, el niño de Linares que acudió dos años a Eurovisión con "Yo soy aquél" y "Hablemos del amor"; Raphael era considerado el indiscutible número uno, el mejor y ¿quien no recuerda "Digan lo que digan", "Mi gran noche" o "Aleluya del silencio"?. También destacaban una serie de grupos de jóvenes que emulaban a los escarabajos de Liverpool, como los Brincos, formados por el genio de Juan Pardo y Fernando Arbex y que cantaban temas como "Flamenco", "Lola" y "Un sorbito de champagne", aunque a mi me hacía mucha gracia un tema mucho menos conocido: "Las alegres chicas de San Diego"; enorme éxito tuvieron también Los Bravos, un grupo más agresivo que el anterior con un solista alemán, Mike Kennedy, con fama de golfo y pendenciero: "Black is black" fue su gran éxito, pero tampoco fueron mancas canciones como "Bring a little lovin" o "Los chicos con las chicas". De corte distinto eran Los Pekenikes, que hacían música meramente instrumental con nombres que luego serían alguien en la música española como Alfonso Saiinz y Tony Luz; temas célebres suyos fueron "Lady Pepa", "Frente a palacio", "Embustero y bailarín" y "Arena caliente". Significativas también "La escoba" de Los Sirex, "Summertime girl", de Los Íberos o "Mañana" de Los Ángeles. Había otros grupos como Los Mustang que hacían sus propias versiones de éxitos internacionales como la balada de "Bonnie & Clyde" a la vez que Fórmula V inicaba su periplo con temas tan oídos como "Tengo tu amor" y "Cuentamé".

Unos habituales de los programas musicales de la tele eran tres paraguayos con el nombre artístico de "Los 3 sudamericanos": alma María, una guapa rubia, Johnny Torales, que estaba casado con aquélla y llevaba siempre gafas oscuras y casto Darío, que era chaparro y simpaticón; el trío ganó un disco de oro con "La chevecha", aunque sin ninguna duda me quedo con "El funeral del labrador"; seguro que también suenan mucho temas como "Cartagenera" o "Pulpa de tamarindo". Y hablando de tercetos, ¿quien no recuerda "El puente" de Los Mismos?. Claro que aún eran más "camp" Los Tres de Castilla, dos mozos y una moza ya entraditos en años que le daban al bolero que era un primor: "Quizás, quizás, quizás" y "Moliendo café" son una muestra. Pero por encima de todos estaba el Dúo Dinámico, manolo de la Calva y ramón Arcusa, quienes se hincharon de vender discos con temas como "Resistiré", "Amor amargo", "Oh Carol" y "Perdonamé". La desgracia cortó la carrera de Johnny and Charley, dos holandeses afincados en nuestro país, que se recorrieron España con "La yenka" hasta que un accidente de coche segó la vida de Charlie.

En el capítulo de solistas femeninas brilla con nombre propio el nombre de Massiel, que dio el pelotazo al ganar el festival de Eurovisión en 1968 con "La, la, la", solamente quienes estábamos vivos por aquel entonces somos capaces de comprender lo que significó el triunfo de la madrileña en la España del desarrollo; María de los Ángeles Santamaría tenía voz y dientes de caballo, pero se convirtió en un ídolo nacional, otros éxitos suyos fueron dos composiciones de Luis Eduardo Aute, "Rosas en el mar" y "Aleluya nº 1", aunque su primer éxito fue "Rufo el pescador". También acabó acudiendo a Eurovisión Karina, una chica dulce, tierna y más bien horterilla que vendía discos como rosquillas: "Romeo y Julieta", "El baúl de los recuerdos", "Las flechas del amor" , "La fiesta", ... son éxitos suyos de la época. De un estilo bien distinto era María Ostiz, una navarra que acabó casándose con el futbolista Zoco y cantaba canciones más bien intimistas como "No sabes como sufrí", "Romance anónimo", "El árbol" y "Naveira do mar".

A final de la década triunfó en toda la regla en España un venezolano llamado Henry Stephen, su canción "Limón limonero" se oía por todas partes y a aquélla le siguieron "O quizá simplemente te regale una rosa" y "Un vaso de vino", tiempo después tuvo un problema de drogas y al parecer fue puesto en la frontera. De aquella misma época era Julián Granados, quien empezó de solista de un grupo llamado Los Buenos y que en solitario dio mucho juego con "Lupita".. Algo anterior en el tiempo es Bruno Lomas, un valenciano chaparro y amante de los coches deportivos que cantaba rock, "Ven sin temor" y "Como ayer", con la que ganó no se qué festival de la época, son temas representativos suyos. Micky triunfó en solitario en los 70 con "Elchico de la armónica", "Bye bye Froilain" y su paso por Eurovisión con "Enseñame a cantar", pero ya en la década anterior destacaba junto a Los Tonys con temas como "Buribú" o "I'm over". En 1968 el grupo Pic-nic, encabezado por Jeanette cantaba una triste y modosa canción titulada "Callate niña", mientras Nuestro Pequeño Mundo ofrecía un producto más folk con temas como "Sinner men" y "Drunken salior". Otro grupo que dio lugar a unas cuantas canciones de Misa, de esas postconciliares, fue Voces Amigas, dos mozos y dos mozas que interpretaron temas como "Canta con nosotros": el vídeo es de un carpetovetónico notable.

Eran los tiempos de Luis Aguilé -"Cuando salí de Cuba", "Juanita Banana", ...-, de "Les elucubrations" del francés Antoine, del "Me lo dijo Pérez" de un Alberto Cortez que entonces era llamado "Mr. Sucu-sucu", del "Corazón contento" de Palito Ortega y Marisol, del triunfo de Julio Iglesias en Benidorm con "La vida sigue igual", de los primeros pasos de Nino Bravo con temas como "Como todos" y "Te quiero te quiero", aunque ambos alcanzarían el estrellato en la siguiente década, de grupos tan especiales como Lone Star, que tenían una canción que me gustaba mucho: "Mi calle", de las rumbas de Peret, "Una lágrima cayó en la arena" y "Gitano Antón", de las canciones en gallego de Andrés do Barro -"Oh tren" y "Corpiño xeitoso" -, de la "Anduriña" de Juan & Junior, las "Paraules d'amor" de Serrat o "En posguerra", de Manolo Díaz, un cantautor asturiano que entonces sonaba mucho y del que nunca más se supo. En 1969 un joven francés que presumía de díscolo, Jean Francois Michel triunfó con "Adiós linda Candy", mientras unos años antes era la italiana Patty Pravo la que nos dejaba a todos boquiabiertos con "La bámbola" y uno después Los Payos convertían "María Isabel" en la canción del verano.

Me debo dejar muchísimos en el tintero, pero creo que es un buen recurrido por una música tan pasada de moda como fuente de nostalgia.

18 de febrero de 2011

El Real Zaragoza que nos han robado



Hace un tiempo hablaba frecuentemente del Real Zaragoza, incluso incluía mi crónica del partido semanal, algo que con el tiempo he dejado de hacer, no sólo por ser uno de los temas que menos interés despertaba entre los lectores de este blog, sino porque la trayectoria y los avatares en que se encuentra el equipo solamente me producen desánimo y desazón.

Pero en esto del fútbol, que no deja de ser una pasión, uno guarda fidelidad hasta la muerte, no concibo cambios ni deserciones y seguiremos sufriendo con un equipo que lucha por no bajar, se haya en la ruina económica y tiene, posiblemente, la plantilla con menos calidad de los últimos 50 años. Una serie de "buscavidas", no encuentro otra palabra, que llegaron al club para sacarse unos duros y con un historial zaragocista vacío y un desconocimiento absoluto del mundo del fútbol, han destrozado el club, que ha dejado de ser ese equipo simpático que despertaba cariño por casi toda España y que tenía el prurito de apostar, no siempre con acierto y buenos resultados, por un fútbol ofensivo y de calidad. Ahora el Real Zaragoza, por mérito de Agapito Iglesias y cía, es un equipo que no pinta nada -en ningún sentido- en el panorama futbolístico nacional, con fama de tramposo y al que no quiere venir casi nadie a jugar.

No se que va a pasar en el futuro, que asoma muy negro, pero en el corazón y en el recuerdo de los zaragocistas sigue vivo nuestro Zaragoza de siempre, un conjunto que aún dando bastantes disgustos, siempre nos reservaba sorpresas agradables, un equipo con seis Copas de España y cinco finales más, con una Copa de Ferias y con esa Recopa que siempre estará en nuestra pupilas con el portentoso gol de Nayim, un conjunto capaz de vencer en dos ocasiones por 6-1 al Real Madrid, de hacernos vivir noches europeas mágicas, incluso cuando nos eliminaban, ... y es que en La Romareda hemos disfrutado de jugadores como los 5 magníficos, García Castany, Violeta, Arrúa, Diarte, Jordao, Antic, Víctor Muñoz, Señor, Barbas, Rubén Sosa, Pardeza, Esnaider, Higuera, Juliá, Aguado, Cáceres, Belsué, Aragón, Poyet, Milosevic, Kily González, los hermanos Milito, Savio, Villa, ... algún día nos devolverán al verdadero Real Zaragoza.

Dejo un vídeo, sacado del espectacular archivo de mi amigo Rafael, un zaragocista apasionado y cabal que guarda un antiguo tesoro en imágenes y que espero no se enfade por tomárselo prestado, en el que al ritmo de Loquillo podemos comprobar que la historia queda, que el Zaragoza se ganó una grandeza que exigimos nos devuelvan.


17 de febrero de 2011

El duende de Curro

Entre los taurinos la polémica lleva quinquenios servida: para unos Curro Romero es un caradura que vive del cuento, de cuatro pases ensayados y de la tontería purista de cuatro fanáticos, para otros -bastantes, me parece- el "Faraón de Camas" representa el toreo en su auténtica pureza y un par de muletazos y gestos de Curro valen más que todo lo que puedan demostrar los grandes de la fiesta en las decenas de corridas que torean al año. Posiblemente todos lleven algo de razón, pero yo no me atrevería a dar una opinión firme: me faltan conocimientos y, sobre todo, esa sabia intuición que solamente pueden dar muchas horas de tendido, puro y albero. En estos tiempos en que tantas cosas andan en tela de juicio, en esta época en que el menda se podría casar con su mejor amigo, pero no tendría ni la posibilidad de fumarse un puro en su banquete de boda, me apetece echarle un capote -nunca mejor usada la frase- a la fiesta de los toros, y me inclino, respetuoso y nostálgico ante el poderío del llorado "Paquirri", el valor sin medida de un Diego Puerta con el cuerpo cosido a cornadas, el arte rondeño de Antonio Ordóñez, la recia seriedad castellana de "El Viti", el dominio de la lidia de Enrique Ponce, la constancia de gladiador sufrido de Gregorio Sánchez o el valor temerario de José Tomás, y por eso mismo, ante un personaje como Curro Romero, al que no le veo precisamente ni valor, ni seriedad ni dominio de nada, temo caer en la tentación de pensar que lo suyo es otra cosa, que la razón de ese éxito que lo ha mantenido en la cresta de la ola durante décadas no tiene otra explicación que el "duende", que, efectivamente, hay algo, que lo que hace, aunque frecuentemente parezca que es echar balones fuera, solamente él es capaz de hacerlo, que una pequeña muestra de arte de Curro vale tanto que merece la pena esperarla sentado mucho tiempo.

Evidentemente nunca he tratado a Curro Romero, no he tenido ocasión de verle, ni de cerca ni de lejos; por eso hablo con simple fundamento en la intuición y me da la impresión de que incluso humanamente recibe más que da, porque no se puede dudar de la devoción de tantos, especialmente por tierras sevillanas, hacia el toreo de Camas, un cariño y una fidelidad que no tengo muy claro que sea excesivamente correspondida. Los devotos, que no encuentro otra manera de llamarlos, del torero me parece que son todo un ejemplo de generosidad, de dar a cambio de muy poco, de vivir intensamente el "currismo" sin necesitar premio ni recompensa. Y ahí está la grandeza de un mundo como el del toreo, en esa ciega admiración que es tan valiosa como cualquier otra, aunque solamente quienes la tienen puedan explicar el porqué.

Y es que Curro Romero gusta a sus incondicionales y con eso basta, ¿para que quieren éstos más razonamientos?; porque no debe descartarse tomarse la vida misma de esta manera, militar en una causa y decidir que uno va a disfrutar con ella, sin exigir ni virtudes distintas a las previstas ni imposibles que vayan más allá de las propias excelencias. Curro Romero tiene "duende", ¿acaso alguien lo duda?, y si a lo largo de su dilatada carrera los ha ido soltando con cuentagotas, alternando su arte con espantadas, aliños y apatías no le busquemos tres pies al gato, es parte de su esencia, Curro es así, quienes compraron en la tienda de los afectos una adhesión incondicional lo hicieron con el kit completo.




16 de febrero de 2011

La alegría del negro zumbón



He encontrado grandes enemigos de tomarte una caña o vinito; creo que ya he hablado en otras ocasiones de mis amigos "estoicos" cuya nómina de superficialidades está engordada en demasía; un viernes después de trabajar, un ratillo antes de la cena tras darte un buen paseo, de esos que recomiendan todos los médicos o el encuentro con un viejo amigo constituyen ocasiones óptimas para darle vidilla a la vida con alguna libación. Y en esos momentos, cuando te encuentras en un "bareto" bullicioso y bien preparado, se ha hecho habitual la figura del "subsahariano" que entra cargado de baratijas: gafas de sol generalmente llamativas, sombreros, relojes más falsos que Judas, bisutería, ... los muchachos te ofrecen su mercancía entre trago y trago, en medio de una conversación más o menos interesante, entre ruidos de platos, líquidos y cocinas. Incluso el día que no se reproduce esta escena parece que uno incluso la echa en falta.

Siempre existe el peligro que te de la vena individualista, o un ramalazo racista que no deberías tener nunca y te llegue a resultar molesta la interrupción de quien te ofrece una compra barata; pero no cabe duda de que ésto es un error, y no sólo porque hay sitio y cancha para todos, sino también y ante todo porque el muchacho se está ganando la vida y lo hace con toda la dignidad. De unos tiempos a esta parte vengo observando que estos vendedores se han "soltado", que han perdido cierta timidez y funcionan por cada establecimiento como Pedro por su casa, con una sonrisa -tan llamativa en su caso- blanca y radiante y una actitud que oscila entre el atrevimiento y la complicidad. Pero no estoy hablando de impertinencia, de actitud molesta, sino de una sana participación en el ambiente.

Pienso que la razón puede estar en que estos oriundos de Senegal, Gambia, Ghana, Malí, ... están cada vez más integrados en el ambiente´, ya no son personajes tercermundistas en una sociedad civilizado, sino individuos tan civilizados como el que más, ciudadanos del sitio donde viven, personas capacitadas para mirar cara a cara, de igual a igual. Y esto es un éxito notorio, algo de lo que debemos congratularnos enormemente. No sabría entrar a teorizar sobre mundos globalizados o cambios de cultura, simplemente me alegra contemplar que nos vamos adaptando a la realidad exterior, que somos capaces de adaptarnos a las circunstancias, de asumir como propios a quienes aparentemente son tan distintos.

El pasado viernes, tras una saludable parada -con "negrito" incluido- en el "Tomate y jamón" de Huesca, y paseaba en compañía de mis compañeros de vermut por el Coso Alto de Huesca, observé como un chaval de color, dudo que tuviera más de 20 años, abordaba con una sonrisa de oreja a un matrimonio mayor de la ciudad, gente conocida y bien posicionada y los tres iniciaban una conversación caracterizada por las risas y la simpatía mutua; evidentemente no tengo ni idea de qué hablaban, ni de qué se conocían, pero estaba claro que entre ellos hacía tiempo que se había roto cualquier barrera.

La inmigración es motivo de preocupaciones, problemas y opiniones encontradas, pero también nos muestra con frecuencia su lado bonito, su cara amable y animadora.


15 de febrero de 2011

Mubarak, the day after.

Hace unos días hablé de los disturbios de El Cairo; tras un par de semanas de incidentes y presión la cuerda se ha roto por fin y Mohammad Hosni Mubarak ha abandonado el poder. Queda claro que se abre una nueva época en la historia de Egipto, un país que, dentro de los ubicados en el Oriente Medio, siempre ha tenido una aureola especial; entre mis recuerdos de infancia se encuentra la figura del presidente Abdel Nasser, un hombre de una planta y un carisma espectacular que fallecía repentinamente en 1970, o de su sucesos, Anwar El Sadat, que tanto luchara en su día por llegar a un acuerdo de paz en la zona y acabara asesinado por mor del fanatismo en un tremendo atentado habido a finales de 1981. Puede que Mubarak haya sido el presidente de corte más gris, aunque también el más duradero. Tras la marcha de éste, se agolpan en la cabeza muchos ideas, todas ellas superpuestas y desordenadas; la primera es la soledad del vencido, no tengo mucho conocimiento de la situación como para mantener un criterio, y salta a la vista que la situación político social egipcia no era, ni de lejos, aceptable, pero no dejo de preguntarme qué puede sentir un hombre que ha tenido tanto poder durante 30 años y ahora se ve rechazado por sus ciudadanos y que ha sido presionado para irse no solamente por éstos, sino por buena parte de la comunidad internacional. Si hacemos descender la situación de Mubarak a la de los ciudadanos de a pié seguro que somos capaces de llegar a muchas conclusiones sobre la fugacidad de la gloria humana, la existencia de demasiadas personas que sólo se acercan al calor del árbol frondoso, el valor de los buenos amigos, que suelen ser pocos y lo demuestran en los momentos duros o la necesidad de hacer el bien y procurar la justicia cuando uno está arriba, porque a lo mejor luego ya es demasiado tarde.

Tienen notas de aire puro y afán regenerativo las escenas de entusiasmo y las historias que se cuentan de ciudadanos egipcios postulando el renacimiento de un país más justo y plural; creo que todos tenemos derecho a mantener una esperanza de que estén comenzando tiempos mejores, de que sea cierto eso de que Egipto no es lo mismo que Irán o Túnez y se trate de un país capaz de alcanzar un régimen de libertades, que se imponga una vía pacífica de reconstrucción. He escuchado y leído a personas que parecen saber de que hablan y tener coherencia asegurar que se ha entrado en una vía positiva y pienso que no es el momento de convertirse en profeta de males y catástrofes.

Aunque no ser agorero ni pesimista no puede impedir que aflore la prudencia; quienes al final de los 80, por razón de la edad, ya teníamos conocimiento de lo que pasaba en el mundo recordamos la revolución islamista de Irán; el ayatollah Jomeini movió las masas desde París y se pasó de un plumazo del anticuado y oligarca régimen del Sha de Persia a una república dominada por el islamismo más radical. Ahora no han sido los musulmanes más "fieros" quienes han llevado la voz cantante de las protestas, y los observadores ponen de relieve que los islamistas furibundos han estado callados. Mis dudas surgen a la hora de interpretar este silencio, esta discrección: ¿no tienen nada que hacer en este país?, ¿o su silencio es una señal de que en el fondo andan detrás de todo?. He escuchado respuestas de todo tipo, desde quien me asegura que ésto no es nada bueno y que no hay musulmanes moderados, hasta quienes afirman que Egipto es un país bien distinto en el que no hay sitio para el mandato de esta gente. Y puedo asegurar que unos y otros eran gente serena y entendida.

En occidente parece que suenan campanas de satisfacción; habrá quien piense que es un momento histórico cuya llegada cabe aplaudir y quienes entiendan que ese entusiasmo europeo es una ingenuidad soberana; yo no se que decir, aunque de entrada se me ocurre que no estaría de más que cundiera el ejemplo, y puestos a apoyar el fin, pacífico y con apoyo popular evidentemente, de las dictaduras que aún siguen vigentes que desde nuestra cultura también se alentara la salida del poder de otros personajes como Fidel Castro o Hugo Chavez., por poner dos ejemplos "al azar".


14 de febrero de 2011

La becaria brasileña

La víspera de San Jorge, patrono de Aragón, se celebra en la sede de las Cortes aragonesas, ubicadas en el Palacio de la Aljafería de Zaragoza, una recepción a la que se invita a autoridades, ciudadanos, representantes de los más diversos colectivos, etc ... el programa es el habitual en estos casos: discursos, galardones, interpretación del himno de Aragón -que no se lo sabe casi nadie, por cierto- y un cátering que suele ser amplio y variado ... un buen observador se lo puede pasar en grande viendo como los distintos grupos de personas que se forman organizan en ocasiones auténticas misiones de caza y captura del canapé, llegando en ocasiones a perder la compostura. Llevo bastantes años asistiendo al evento y estoy seguro que si dedico un ratillo al recuerdo saldrían anécdotas de lo más divertidas, así como reflexiones bien sugerentes de cómo somos las personas, en especial cuando perdemos el norte de la sencillez. Y, por esas razones que uno no acaba de domeñar, me ha venido a la cabeza un sucedido de la primera vez que asistí, allá por el año 2002, recién llegado a Huesca y todavía novato en estas lides. En el rincón donde me había tocado estar situado me fijé enseguida que alguien destacaba por encima de todos, se trataba de una chica joven, alta, de pelo castaño y vestida con una elegancia llamativa, aunque nada tradicional; tengo que aclarar, para que nadie se llame a engaño, que la foto la he buscado al azar en google y que la bella muchacha que encabeza mi post de hoy no tiene nada que ver con la moza en cuestión.

La gala quedó por lo tanto iluminada con la belleza y la elegancia de la joven en cuestión, y en el ambiente se notaba: somos así y en España, y Aragón no es una excepción, no guardamos en exceso las formas y nos gusta fijarnos en lo exótico, en lo que llama la atención, en la novedad, ... una novedad que resaltaba entre tanta cara conocida, harta de ver siempre a los mismos, de coincidir, entre palabras rimbombantes y mediasnoches de salmón ahumado, con los "plastas" de siempre. Y como la vida tiene esas casualidades, el acompañante de la llamativa joven se acerco al grupo donde me encontraba, pues creo recordar que conocía a alguien de los que allí estábamos, resultando ser el hijo de la Cónsul en Zaragoza de no que que país europeo -tal vez Francia- y su acompañante una estudiante de Derecho brasileña a la que habían dado una beca para estudiar Derecho Penal en Zaragoza: y resultó que la chica no sólo era guapísima, sino lista y de conversación agradable, y allí hablamos del dolo, de las profesiones jurídicas en Brasil y España y de Vinicius de Moraes, Toquinho y Madredeus ... y aunque nadie se lo crea, no caí en la debilidad de citar a Rivaldo, Ronaldo ni Ronaldinho, que eran por entonces los astros de la "canarinha".

Pero los hombres somos bastante fatuos, y la presencia de la estudiante sudamericana hizo perder la compostura a algunos, y así a unos cuantos señores maduros, de 60 años para arriba y bien posicionados en la vida, se les vio perder literalmente el oremus por conocer a la moza, e iniciaron una especie de fila de espera para saludarla, como si tuvieran que comprar una entrada para un concierto o evento deportivo y con aires casi de babear. Sin duda el paso del tiempo me ha podido hacer recordar lo ocurrido con cierta exageración, pero me temo que la becaria brasileña entre divertida y aburrida debió de pensar algo similar a la célebre frase de Asterix: "están locos estos hispanos".


13 de febrero de 2011

El encanto de los libros breves

Hay veces en que al escoger tus lecturas te enfrentas con auténticos mamotretos próximos a las mil páginas; grandes obras como "El Quijote", "Los novios", "Guerra y paz" o "Los Buddenbrook" se caracterizan, además de por su gran calidad literaria, por tratarse de novelas muy extensas, a pesar de lo cual uno se dispone a leerlas con agrado porque sabe que vale la pena hacerlo. Pero frecuentemente agradeces encontrar libros de escaso volumen, de esos delgaditos que casi pasan desapercibidos en librerías y catálogos, pero que si están bien escritos y son mínimamente entretenidos te ofrecen una posibilidad magnífica de cubrir un fin de semana lluvioso, un viaje un poco largo o una época poco propicia para enfrentarse a profundidades. Evidentemenete, no se trata de comprar las lecturas en función del tamaño, pero no está de más tener siempre en la nómina de libros recomendados unos cuantos de estas características, pues entre otras cosas, no dejan de tener un encanto especial. Conozco personas que tienen muy en cuenta el número de páginas al escoger sus lecturas, y no seré yo quien diga que se trata de un criterio equivocado, siempre claro está que no entren en la cerrazón, en ese rigorismo que nos entra cuando vamos demasiado lejos en nuestras opiniones, pues bien claro tengo que cerrar la posibilidad de leer un libro largo supondría privarse de auténticos placeres. Recientemente he leído unos cuantos de éstos que resumo aquí.













"Correr"
Jean Echenoz
Anagrama. Barcelona (2010)
140 páginas




En los Juegos Interaliados de Berlín, en 1946, al ver de­trás del cartel de Checoslovaquia a un solo atleta desma­ñado, todo el mundo se ríe. Pero después, cuando en los cinco mil metros acelera sin parar y cruza la meta en so­litario, los espectadores estallan en un clamor. El nom­bre de ese chico que siempre sonríe: Emil Zátopek. Un hecho real como punto de partida para un relato magnífico. Una novela hipnótica sobre un héroe trágico del siglo XX. En pocos años y dos Olimpiadas, Emil se convierte en inven­cible. Nadie puede pararlo: ni siquiera el régimen che­coslovaco, que le espía, limita sus traslados y distorsiona sus declaraciones. Emil corre contra su decadencia, y sonríe. Incluso en las minas de uranio adonde lo destie­rran porque ha apoyado a Dubcek. Ni siquiera Moscú puede pararlo.

De pequeño coleccioné una historia de los Juegos Olímpicos, razón por la que la figura de Emil Zatopek, el corredor checo que por los años 50 dominó las carreras de fondo, me era muy conocida; me acuerdo perfectamente como la descripción de su forma de competir, caracterizada por los continuos gestos y expresiones de sufrimiento que le hicieron un personaje peculiar, además de la implacable superioridad que ejercía sobre todos sus rivales: recuerdo también una foto en la que en una prueba de los juegos de Helsinki Zatopek marchaba por delante del francés Alain Mimoun y el alemán Herbert Schade, mientras se veía como el británico Chris Chataway caía al fondo de la pista. Todo ésto lo refleja magníficamente Echenoz en su libro.

Pero "Correr" no es un simple libro sobre atletismo, ni una biografía de un atleta, es una especie de relato filosófico acerca de la especial originalidad de un hombre bueno, una crítica a la falta de libertad sufrida por los países del telón de acero durante tantos años y un ágil y ameno viaje por las pistas de atletismo de muchos lugares.

La personalidad de Zatopek destaca por encima de todo lo que se nos cuenta en la novela; un hombre más bien simple, sufridor, entregado y constante en la preparación de las carreras, con una voluntad de hierro, una enorme capacidad de sufrimiento y cierta ingenuidad infantil. Y junto a Zatopek, se nos habla de una Checoslovaquia dominada por la bota soviética, en la que el atleta no tiene libertad para declarar lo que piensa, es controlado siempre por comisarios políticos, no se le deja ir a competir a cualquier lugar y se le deforman y tergiversan las declaraciones.













"Historias de Roma"
Enric González
RBA. Barcelona (2010)
123 páginas



Resumen:
Dicen que Roma es la Ciudad Eterna, tal vez porque el tiempo la atraviesa con lentitud. Es caótica y, sin embargo, pausadamente melancólica. Acumula un escepticismo de siglos pero mantiene la luminosa viveza del Mediterráneo. Es una ciudad en la que abundan los lugares y los instantes mágicos. En sus páginas encontrará el lector un montón de estupendas historias, personajes, momentos y escenarios romanos: los gatos, las pinturas de Caravaggio, la casa y la tumba del poeta Keats, la cocina de casquería, la mejor pizzería, el lugar en el que se bebe el café más sublime del mundo, la burocracia, Alberto Sordi, el cadáver de Aldo Moro, la historia de un marqués perverso, mirón, asesino y suicida, el periplo de un paquete que recorre medio mundo y vuelve a Roma gracias al disparatado servicio de correos, los papas, Berlusconi y sus emisarios, una iglesia en la que nadie quiere casarse, las fórmulas de cortesía, el fútbol, la mamma, las conspiraciones, el sastre de los papas, las barberías, los palacios, las vírgenes, los santos y los milagros, la cúpula de San Pedro entre la niebla... Roma, la ciudad que se añora a sí misma, la ciudad en la que todavía se vislumbran escenas que deberían ser en blanco y negro.


Me habían hablado maravillas de estas breves guías escritas por el periodista Enric González, corresponsal de "El país" en diferentes lugares del mundo; también tiene ediciones similares sobre Londres, Nueva York y el calcio que ya están en la agenda donde escribo mis pretendidas lecturas futuras; la verdad es que las alabanzas estaban justificadas: una auténtica delicia de lectura.

"Historias de Roma" es una guía formidable, un librito que uno soñaría tener si viaja a la capital italiana. Pero no es una simple guía turística, aunque nos hable de monumentos, restaurantes, cafeterías, ... sino un recorrido humano y encantador por los lugares, las gentes y la idiosincrasia de ese lugar tan especial. González aprovecha para contarnos sucesos históricos, chascarrillos, anécdotas, ... para hablarnos de personajes curiosos, sorprendentes o siniestros, para darnos unas pinceladas formidables sobre Italia y los italianos, muy especialmente los que viven y/o nacen en Roma.

No es una apología de la romanidad, porque el autor no regatea ni la crítica ni la ironía, pero a la vez es un canto a un pueblo tan especial como el romano; Enric González nos habla de todo: de la burocracia, de los funcionarios, del Calcio, de los establecimientos hosteleros más llamativos y recomendables, del café italiano, del Vaticano, la familia italiana, ... con interesantísimas referencias a personajes como Alberto Sordi, Aldo Moro, "Il cavallieri" Silvio Berlusconi o el Papa Ratzinger. González nos muestra una visión demasiado ácida del Vaticano, de su historia y de su burocracia, pero no me parece tendencioso, veo respeto en su forma de plantear las cosas.

Uno de los grandes encantos del libro es el estilo del autor, con una mezcla de fina ironía y cierto recochineo que hace la lectura agradabilísima. Tiene que ser una gozada superlativa pasarse una semanita en Roma y recorrerla al ritmo que te marca esta obra magnífica.


12 de febrero de 2011

A tiempo de aprender



No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, por mucho que de vez en cuando eche de menos cosas y situaciones de antaño; y es que cada cual somos hijos de nuestro tiempo y no sólo hemos de sobrevivir adaptándonos al viento que corre, sino que uno debe espabilar para sacar lo bueno de cada momento. Del pasado nos quedamos los ratos gratos y la bondad de las personas que conocimos que, con frecuencia e inevitablemente, acaban quedando lejos por razones de la distancia o de la cruda realidad de que no vivimos eternamente.

Pero en la civilización actual, en el donde y cuando que me ha tocado vivir hay una realidad que me parece bastante generalizada: pienso que vivimos en una sociedad que no sabe perdonar y, ni mucho menos, pedir perdón; es más, yo añadiría que con frecuencia hemos prescindido de cualquier palabra o signo de agradecimiento. No tengo ninguna duda de que perdonar es un ejercicio de virtud, que como bien dijo Juan Pablo II, "no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón", que el acto de perdonar no solamente hace bien a aquél a quien se dirige, sino que supone un soplo de aire fresco para quien lo ejercita. Y, de cualquier manera, no tenemos más que echar un vistazo a nuestro propio corazón para comprobar que Dios nos ha perdonado mucho más a cada uno de nosotros.

Pero uno sale a la calle, abre el periódico o se introduce en cualquier conversación de bar, entreacto o despacho y comprueba que demasiadas veces nos corroe la inquina, que las reclamaciones de justicia no es infrecuente que se conviertan en exigencias de venganza, que somos capaces de incluir muchos matices, pero nunca nos acabamos de bajar del burro. Es indudable que en ocasiones es muy difícil perdonar, que uno se pone en la piel de determinadas personas y comprende a la fuerza sus actitudes, pero no creo que sea sano vivir a golpe de impulsos reivindicativos.

Y perdonar tiene mucho que ver con pedir perdón; para mí tiene mucho valor saber decir "lo siento", dar a entender que ese comentario, ese desprecio, esa puñalada trapera nos hubiera gustado que no ocurriera; pedir perdón es admitir que nos hemos equivocado, que no es poco, y a la vez dar a entender que el dolor causado a otro no no es indiferente. A veces la ausencia de perdón se debe a la propia inconsciencia de nuestros errores, pero otras viene causada porque en el fondo no nos gusta humillarnos.

Desde mi punto de vista la explicación a todo ésto viene de la pérdida de los valores imbuidos por el cristianismo; Europa, occidente ha crecido al impulso de tres corrientes que la han llenado de vigor y de valores: la filosofía greco-romana, el derecho romano y el cristianismo. Y si ahora anda decadente es porque reniega de ellos, y esto creo que tiene bastante que ver con ese renegar del perdón.



11 de febrero de 2011

Diana Krall, "The Girl in the Other Room" (2004)



Diana Krall es una cantante de jazz canadiense; hace un par de años canto en Zaragoza con motivo de la Expo, y ni aún así me entere de su existencia: una lástima, porque una vez más llego con retraso a saber de los grandes intérpretes de la época. De jazz entiendo muy poco, pero no hay más que ver lo que cuentan quienes saben de ésto para comprender que es otro mundo que valdría la pena conocer mejor. Diana Krall es una persona plenamente comprometida en la lucha contra al cáncer, especialmente a partir del fallecimiento de su madre por esta enfermedad; está casada nada menos que con Elvis Costello.. A mí me gustan especialmente tres álbumes suyos: "The Look of Love", en homenaje a Frank Sinatra, "Live in Paris", grabado durante una serie de recitales en el Olympia de París y "The Girl In The Other Room", un conjunto de composiciones llenas de sensibilidad publicadas precisamente con motivo de la muerte de su madre Adelle.

Precisamente al último de los discos citados pertenece "The Girl in the Other Room", la canción que precisamente le da el título. Tiene como novedad que se trata del primer trabajo en el que la cantante de Vancouver ha compuesto sus propias canciones. De su repertorio anterior hay maravillosos temas de Billy Joel, Cole Porter, Jony Mitchell, Burt Bacharach, Nat King Cole, Vinicius de Moraes, Duke Ellington, pero sin ninguna duda tiene su valor la creación propia. En concreto la canción que incluye esta entrada la hizo junto al referido Elvis Costello, nada más y nada menos.

Diana Krall es además una mujer muy especial; viaja a todas sus giras con sus hijos, los gemelos Dexter Henry Lorcan y Frank Harlan James, y es capaz de declarar cosas como que " ...no trabajo en función del Grammy, sé que mucha gente sí lo hace, pero yo me la paso pensando es si en el hotel en el que me quedo esta noche hay piscina para los niños: ésa es la principal actividad en mi agenda", y hablando de su marido asegura que " ...él no ejerce influencia alguna sobre mi música, pero sí me inspira constantemente. Los dos somos adictos a lo que hacemos, así que no nos podemos ver mucho. Él también está de gira y yo ando en lo mío, así que hemos decidido ir cada uno por lo suyo, tratando de disfrutar al máximo cada minuto" ... parece que la mujer no va de diva.




10 de febrero de 2011

¿Y quien recuerda el Bar Bebeto?

Imagino que a todos nos pasa que hay sucesos y lugares que uno ha olvidado y de repente vuelven a la cabeza sin saber porqué; es lo que me ha ocurrido a mí con el Bar "Bebeto". Estoy seguro de que en Tarragona, ciudad donde estuvo ubicado tal establecimiento, hay muchos que ni saben que existió, y es que su vida fue muy corta, fue uno de esos establecimientos hosteleros que surgen de la nada y a la nada vuelven tras una vida con momentos estelares y final decadente; pero en una época de mi vida el "Bebeto" tuvo su importancia, su papel destacado. Era la década de los noventa, de ahí el nombre pues por entonces estaba en su apogeo el "Superdepor", el equipo de La Coruña que Augusto César Lendoiro levantó a base de millones y acierto en los fichajes, el equipo en el que su líder indiscutible era precisamente Bebeto, un brasileño pequeñito, con aspecto enclenque y un 38 de zapato que hacía maravillas con el balón, a las órdenes primero de Arsenio Iglesias y luego de Jabo Irureta y junto a jugadores como Mauro Silva, Voro, Manjarín, Nando, Aldana, Fran, Djukic, Claudio Barragán, ... se codeó durante años con los más grandes. Bebeto hizo historia y hasta en Tarraco le dedicaron un bar.

El "Bebeto" estaba an la Avenida ramón y Cajal, una de las arterias tarraconenses que va de la Rambla Nova a Pere Martell, pasando por Prat de la Riba; se ubicaba en un pequeño local situado junto a los también desaparecidos Cines Oscar. No era un restaurante de lujo, ni siquiera un sitio emblemático, sino un simple "bareto" donde podías comer el menú del día; pero durante un tiempo, a pesar de no andarse con lujos ni "pijadas" tuvo su importancia para mí. Allí íbamos a comer con la frecuencia que nos inspiraba el capricho mi amigo Gabi y yo y en ocasiones se apuntaba alguno más; eran comidas intranscendentes, pero paradójicamente, inolvidables: sin secretos, ni aristas ni prejuicios. Generalmente dominaba el colesterol y la cerveza y solían terminar con el cigarrito que en mi caso era simple hábito social de ocasiones y en él suyo un vicio cuajado. Ah¡¡¡... y Gabi pedía casi siempre trufas, porque así se podía esforzar en hacerme comer a mí las tres cuartas partes del producto.

El dueño del local era un hombre peculiar: un individuo bajito, con mostacho notable y más bien seriote, aunque no infrecuentemente se le escapaba algún comentario "coñón" que decía como quien no quiere la cosa, si cambiar ni su habitual tono de voz más bien cansino ni su gesto adusto. Eso sí, junto a la barra siempre había un "cubata" del que iba dando periódicos lingotazos; el vaso duraba todo el tiempo que permanecíamos en el lugar, no se si porque lo consumía muy poco a poco o porque lo iba reponiendo astutamente.

No podría asegurar cuantos años duró el Bar "Bebeto", aseguraría que más de uno y menos de tres, pero un día dueño y establecimiento desaparecieron del mapa; creo recordar que me acabé enterando que el tipo no era trigo limpio del todo, pues tenía fama de "maniobrero" y mal pagador, pero el tiempo que su bar tuvo papel protagonista entre mis amistades fue testigo de momentos gratos, de esas ocasiones en las que uno repone fuerzas y desahoga heridas interiores.





9 de febrero de 2011

Efectivamente, una gran novela



Cuando se conoció la noticia de la concesión del Premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa me dí cuenta de que entre mis asignaturas pendientes se encontraba la lectura de alguna de sus novelas; siempre he tenido cierta prevención hacia los escritores sudamericanos, pues su modo de escribir no me suele resultar fácil de asimilar cuestión a la que si sumas algún que otro injustificado prejuicio hayan dado lugar a que haya traspasado los 50 sin leer nada del gran novelista peruano: cubierta esta laguna tengo bien claro mi error y he saldado mi deuda con uno de los grandes de la literatura contemporánea.

Tuve que tomar la decisión de elegir por donde empezar y los consejos fueron diversos: un buen lector oscense, con domicilio en Barcelona, me aconsejó "Lituma en los Andes", el libro con el que Vargas llosa ganó en su día el premio "Planeta", mientras otra persona de cuyo gusto me fío me señalaba "La fiesta del chivo", "La guerra del fin del mundo" y "la ciudad y los perros" como las tres obras maestras del escritor; hubo incluso quien me propuso leer "Conversación en la catedral". Al final opté por "La fiesta del chivo", pues quizá fue la recomendada con más vehemencia y el tema de la dictadura de Trujillo me resultaba atractivo.

Tras acabar la lectura imagino que cualquier otra opción también hubiera sido buena, pero puedo asegurar que "La fiesta del chivo" es de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Es una novela que te va hechizando desde el principio; pienso que está formidablemente escrita, con una prosa ágil, magistral y llena de priginalidad. Vargas Llosa domina la narrativa, nos conduce por mundos con algo de magia, en lo que -no se si es un atrevimiento- llamaría exotismo literario; pero Vargas Llosa no es ni barroco ni enrevesado, es especial, distinto.

El tema es, por otra parte, apasionante; no se si hay que hablar de novela histórica, porque los personajes lo son y los hechos, evidentemente también en general, aunque daría dinero por saber hasta que punto Vargas relata detalles exactos, porque entre otras cosas me parecen relatos que ponen los pelos de punta. La vida de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano, su megalomanía, crueldad y sadismo y la conspiración que terminó en su asesinato nos las cuenta Vargas Llosa con un ritmo y una profundidad estremecedores.

Me ha encantado la habilidad del escritor peruano para ir dando saltos hacia adelante y hacia atrás, de manera que hace reaparecer a personajes que han muerto en capítulos anteriores, una técnica que maneja con maestría, sin que sufra la narración, dando a ésta un ritmo especial.

La historia no esta exenta de momentos duros que Vargas relata con tanto detalle como crudeza, porque lo que nos cuenta es muy duro, haciéndolo poco a poco, consiguiendo que vayas intuyendo cada suceso, cada tragedia hasta el capítulo final, en el que sufres tanto con el drama de la protagonista como disfrutas con el fenomenal modo de contarlo.




8 de febrero de 2011

Fugacidad



El otro día en uno de esos discursos que se dicen con motivo de ocasiones festivas, cuando no hay que hacer excesivo caso de lo que te dicen ni creerte demasiado flores y alabanzas -muy especialmente si el homenajeado eres tú, que no era el caso- escuché una frase que debe de ser idea de quien lo pronunciaba, pues no he sido capaz de encontrar su autor: "¡qué breve es el tiempo que dura ese plazo entre que piensas que eres demasiado joven y consideras que eres demasiado viejo!... y he de reconocer que me hizo pensar, fundamentalmente porqué me gustó y, al menos a vuela pluma, me temo que tiene bastante de verdad. Y a raíz de este pensamiento, al que no habrá que darle más importancia que la de una floritura, un recurso para darle ornamento a la oratoria, nos puede llevar a sacar conclusiones, de esas que ni son exhaustivas ni tienen porqué ser demasiado profundas.

Y es cierto, llega un momento de la vida en que te parece que todo se ha disparado, que has entrado en la recta final, que ni hay quien nos frene ni tienen remedio nuestros defectos, nuestros problemas y nuestras limitaciones; aquí surge el concepto de "carpe diem", un término que parece invitar a aprovechar el momento, incluso con un toque entre rebelde y transgresor, pero no se porqué no podemos darle la vuelta, porque la fugacidad de la vida a lo mejor no nos debe llevar tanto a vivir a todo gas como a hacerlo con calma, sin prisas, aprovechando cada instante: sin mirar atrás y adelante más que lo imprescindible.

Siempre estamos a tiempo: a tiempo de aprender, de adquirir nuevos conocimientos y asumir otros que a lo mejor no estábamos dispuestos a aceptar, es decir, a tiempo de rectificar; y a tiempo de descubrir nuevos retos, de ilusionarnos por lo que nunca nos habíamos ilusionado, o a recuperar las ilusiones que el tiempo nos ha oscurecido; a tiempo de darnos cuenta del valor de aquella persona o de aquella otra, de verlos de otra manera, de pasar por encima -o por debajo- de discrepancias, agravios o empatías; a tiempo de perder complejos, de no tener miedo a que nos vean como somos ... porque en el fondo asumimos que somos así y, con buena voluntad, no es tan malo eso.

Por esta razón, ese "carpe diem" no tiene porque ser tan sólo una invitación al desenfreno y a vivir a ciegas, sino un recordatorio de que este minuto, precisamente éste, tiene muchos alicientes, todos.