28 de febrero de 2010

¿Happy End?



A mí me gustan que las películas, los libros, ... acaben bien, pero no siempre es fácil, porque la vida misma no es precisamente abundante en finales felices; estamos en tiempos de crisis: de valores, desde hace ya bastante tiempo y económica desde hace un par de años aproximadamente y con excesiva frecuencia nos enteramos de historias que terminan mal: matrimonios, negocios, empresas, iniciativas, ... Corren tiempos en los que uno ha de aprender a ser fuerte, estar preparado para los malos momentos y asumir que esto no es una novela rosa; para ello cada cual tendrá sus recursos, aunque a uno le costaría asumir cualquier desgracia, cualquier fracaso sin la fuerza que da la fe en algo trascendente.

Creo recordar la primera vez que vi una película que no terminaba bien, fue en el verano de 1975, con el COU recién terminado y la selectividad aprobada yo era un pipiolo de 16 años, infantil e ingenuo y alguien me animó a ver "Turín negro" (1972), una película del italiano Carlo Lizzani y que tiene como circunstancias llamativas el papel protagonista de Bud Spencer en un papel dramático muy alejado de Trinidad y cía y la presencia del cantante Nicola di Bari en el personaje de un modesto abogado; este film del neorrealismo italiano tiene un desarrollo que no me chocaba con otras películas vistas: la investigación de un adolescente acerca de un crimen cometido por la Mafia y del que se acusa injustamente a su padre. El shock vino con el desenlace: el chaval es arrojado a las vías del tren y su padre se venga de loa asesinos y se entrega a la policía para cumplir, esta vez con causa justificada, la pena correspondiente. Tuve una crisis: ¿cómo era posible que hubiera películas en las que no ganaran los "buenos"? ... en mi ingenuidad, tan adolescente como la del protagonista, seguía teniendo por un lado esa visión idealista de la vida y, por otro, esos planteamientos maniqueos ... aunque en este caso pienso que quedaba claro que los mafiosos eran unos "hijos de la gran gusana".

Pero, en realidad ¿qué significa que una película acabe bien? ... porque muchas de esas con happy-end dejan por el camino a unos cuantos en muy mala situación; recuerdo una peli de guerra de mi infancia, "36 horas en el infierno" (1969), una aventura de un comando de marines que realizan una expedición a una isla japonesa durante la 2ª Guerra Mundial: de todos los que llegan, creo que al final solamente regresan a casa 2 o 3, a pesar de lo cual uno se iba a casa con la sensación de que al final las cosas les habían salido bien a los yankees. Y no digamos en películas del tipo "La jungla de Cristal" o "Arma letal", en las que el "happy-end" iba precedido de una auténtico desfile de cadáveres de unos u otros. Alguna vez me he parado a pensar en cómo estamos tensos ante la posibilidad de que acabe muriendo el héroe o la chica guapa, mientras nos parece un precio lógico la muerte, por lo visto necesaria, del guarda jurado de turno, el ayudante del sheriff o doscientos indios de esos que caen con 3 o 4 tiros.

La vida, desde luego, no es una película; pero ... ¿las películas nos enseñan la vida?; hay películas históricas que deberían mostrarnos los acontecimientos históricos tal como pasaron; yo recuerdo con agrado haber visto cintas como "Waterloo" (1979), "Un hombre para la eternidad" (1966) o "Gandhi" (1986), pero vete a saber cuanto hay de verdad y cuanto no en lo que nos narra cada una. Pero también es cierto que hay veces en las que uno valora más un trabajo cinematográfico en la medida en que se siente identificado con un personaje, con un acontecimiento concreto o con una visión de la vida que allí se refleja; en ese sentido, es más fácil meterte en films como "Krammer contra Krammer" (1979) o "Secretos y mentiras" (1996) que en "Independence day" (1996) o "Air Force One" (1997). Por eso uno se enfrenta con la paradoja de que teóricamente le apetece que todo termine bien, pero a la vez busca realismo y aquí abajo las cosas frecuentemente se tuercen.

No obstante, sólo estoy hablando de películas, es decir, de ficción. En la vida de cada uno hay blanco y negro, luces y sombras, y por encima de todo montones de matices; pero compensa vivir con la esperanza de que uno puede alcanzar, vete a saber cuando toca, el auténtico "happy-end"



27 de febrero de 2010

"El poder del perro", Don Winslow












"El poder del perro"
Don Winslow
Random House. Barcelona (2009)
716 páginas



Resumen:
Cuando su compañero aparece muerto con signos de haber sido torturado por la mafia de la droga, el agente de la DEA Art Keller, emprende una feroz venganza. Encadenados a la misma guerra, se encuentran una hermosa prostituta de alto standing; un cura católico confidente de ésta y empeñado en ayudar al pueblo, y Billy «el niño» Callan, un chico taciturno convertido en asesino a sueldo por azar. Narcovaqueros, campesinos, mafia al puro estilo italo-americano, policías corruptos, un soplón y un santo milagrero conforman el universo de esta historia de traiciones, frustración, amor, sexo y fe sobre la búsqueda de la redención. Una trama vertiginosa y absorbente, repleta de sangre, narcos mexicanos, nacionalistas irlandeses, implicaciones políticas nternacionales, torturas, venta de armas, alta tecnología. Un universo en sí misma. La novela transporta al lector de los suburbios de Nueva York, a San Diego, de los desiertos mexicanos pasando por el río Putumayo en Colombia hasta un violento desenlace final.


Desde que vi en las librerías este libro tuve ganas de leerlo; había razones que me hacían tener precauciones: a uno le cuesta enfrentarse a más de setecientas páginas de lectura y arriesgarse a que no valga la pena y, por otra parte, en sus críticas quedaba claro que era una novela dura, de una violencia tremenda y con unas descripciones fuertes. Ganó la partida el deseo de leer lo que la publicidad describe como un "thriller épico, coral y sangriento sobre el narcotráfico"; la verdad es que es un tema apasionante y cuando vi que, curiosamente, estaba libre en la Biblioteca pública no tuve dudas en cogerlo y poner su lectura por encima de los otros libros que tengo en la mesilla.

A la hora de definir, una vez terminado, "El poder del perro", la verdad es que no se si definirlo como una novela apasionante, como un libro "excesivo" o como una historia adornada por la imaginación del autor, y lo cierto es que me parece que las tres afirmaciones son aplicables, que al menos hay un algo de verdad en cada una de ellas. Es un libro que te coge y se lee de un tirón, con una sucesión de acontecimientos sencillamente apasionantes e impresionantes; es una novela con unas descripciones estremecedoras y en el que hay momentos en los que el autor parece haber perdido la medida de lo soportable a la vez que plantea algunas tesis y elucubra conspiraciones que uno, sencillamente, no se cree.

He leído una entrevista con Don Winslow y parece un hombre con aspiraciones, su libro pretende ser casi una epopeya de la investigación del tráfico de drogas y a Winslow le he visto egocéntrico y hasta mesiánico, como si hasta su aparición el mundo del narcotráfico fuera un agujero sin descubrir. El libro está bien escrito, el argumento no es fácil de elaborar, porque se mezclan muchas tramas y creo el autor logra cerrarlo bien. La situación, tal como la plantea Winslow, deja muy pocas puertas abiertas a la esperanza; los malos son malísimos, aunque a algunos los adorne con algún sentimiento de humanidad y quienes los persiguen o están corrompidos hasta la médula o son despiadados y capaces de cualquier trampa para conseguir sus objetivos.

La galería de personajes, que van apareciendo a lo largo de las más de 700 páginas de la novela, es rica y Winslow nos ofrece unos tipos perfectamente definidos: no se limita a narrar sucesos y aventuras, sino que entra en la vida y la psicología de éstos. Yo seleccionaría a cuatro principales: Art Keller, inspector de la DEA, un hombre obsesionado por vencer la batalla a los narcotraficantes a cualquier precio y con cualquier método, Adán Barrera, el jefe del clan de narcos mejicanos, un ser tan despiadado para defender su negocio como tierno y entregado con su hija enferma, Sean Callan, un joven de origen irlandes al que las circunstancias han convertido en un asesino a sueldo y Norma Hagen, una prostituta de lujo a quien Winslow dota de humanidad y sentimientos. Pero junto a ellos van apareciendo otros personajes con papeles también primordiales, como Raúl, el sanguinario hermano de Adán, el "Guero" Rubio, el enigmático Sal Sacchi, el Obispo de Guadalajara, Juan Parada, otro de los héroes de Winslow o el largo elenco de sicarios, matones y gangsters: Big y Little Peaches, el "Tiburón" Fabian Martínez, ....

No asumiría la responsabilidad de recomendar esta novela, he estado con tentaciones de dejarla en varias ocasiones por diversos motivos, pero al final me ha cogido del todo y, ya lo he dicho, si me preguntan si es apasionante, tendré que decir que sí.


25 de febrero de 2010

"Sacrifice", Elton John (1989)



"Candle in the wind" es una de las canciones más bonitas que he escuchado, y tiene además el aliciente de traer a la cabeza esos días de septiembre de 1997 en que todo el mundo anduvo estremecido por el dramático y absurdo accidente que costó la vida a la princesa Diana de Gales y a su novio árabe; pero si se trata de publicar en el blog una canción de Elton John, y advirtiendo como he hecho otras veces que mi poca cultura sobre la buena música pop contemporánea limita mis posibilidades de escoger, ninguna supera en mi baúl de favoritas a "Sacrifice".

"Sacrifice" es una balada preciosa, de esas que te llega al corazón y está interpretada con una elegancia especial. La letra es de Bernie Taupin y la musica del mismo Elton John. La canción apareció por vez primera en el disco "Sleeping with the Past" que Elton sacó en 1989 y su single fue todo un exito en el mundo, especialmente en Francia y el Reino Unido. Parece ser que el tema se inspiró en la canción de Aretha Franklin "Do Right Woman, Do Right Man". No se trata de hecho de una típica canción de amor, sino que en ella se habla de una ruptura matrimonial, ese momento en el que la relación se tranforma en un sacrificio. Al parecer el propio Taupin pasaba por una importante crisis matrimonial que le inspiró la letra, una letra que habla de "Cuando las cosas van mal, Cuando el olor de ella demora ...", de " ... dos corazones viviendo en dos mundos separados." y de que "la sensibilidad construye una prisión en el acto final ...".






24 de febrero de 2010

Sillón orejero



Hay personas amables, acogedoras, de esas que disfrutan haciendo favores o ejerciendo de anfitriones, también los hay del otro extremo, ariscos y antisociales, con el alma como de papel de lija; pero difícilmente se puede calificar de "acogedores" a los objetos, fundamentalmente porque carecen de espíritu, aunque yo al menos encuentro una excepción: esos sillones bien tapizados, cómodos y con unas "orejas" laterales en los que uno de puede "hundir" y gozar de un descanso, merecido o no, que suele servir de alivio, de reposo, de recuperación de energías.

En las últimas semanas, vete a saber la razón, he pensado con frecuencia en algunas personas cuyas posturas ante la vida parece que llevan a pensar que si no eres un estoico eres un señorito; son aquellos que ponen en solfa cualquier tipo de evasión, cualquier alto en el camino que suponga cierta comodidad, algún tipo de lo que podríamos llamar lícitos placeres mundanos: un aperitivo, un fin de semana de esquí, la lectura de un libro de evasión o un paseo por la ciudad sin más finalidad que airearse. Hay algunos que lo hacen por un afán de virtud que puede llegar a ser excesivo -soy de los que pienso que toda virtud debe de ser amable-, otros porque viven en un mundo de "yuppie" y no hay razón posible que no haya de ser práctica, otros porque tal vez no saben distinguir el grano de la paja, o algo parecido.

La cuestión es que para mí el sillón "orejero" del que dispongo para mi uso casi exclusivo protagoniza, cuando es posible, uno de los momentos gratos del día. Después de comer, entre la digestión -más o menos pesada según las "circunstancias"-, esos residuos de sueño que van aumentando conforme cumples años y el cansancio de los quehaceres de la mañana, dicho sillón se convierte en un objeto que uno desea con ganas y acoge con regocijo. Hay quien prefiere acudir a la tradición más española y recurre a la siesta, a esa que Camilo José Cela denominaba "de pijama, orinal y padrenuestro", pero yo prefiero mi sillón que alivia ese momento complicado; en ocasiones te sientas buscando directamente la "cabezadita" reconfortante, o te autoengañas con una lectura que enseguida comienza a estar protagonizada por el sopor y la niebla visual o simplemente te limitas a dejarte caer "y que sea lo que Dios quiera".

Las orejas del sillón son también testigos mudos de lecturas apasionantes, de esas que has de hacer despacio y atento porque no debes perder palabra, o las que te captan de tal manera que dejarlas se convierte en virtud o esas ligeras y simples que necesitas en tiempos de tensión o agotamiento. Y también allí lees el periódico, con calma, deteniéndote en aquello que te llama la atención e intentando percibir eso de especial que uno siempre acaba descubriendo en la noticia, el artículo o el anuncio que a lo mejor en otras circunstancias pasa desapercibido.

Y aquellas noches en las que las preocupaciones, un dolor inesperado, una decepción notable o los nervios que te ocasionan la familia, la profesión o el fútbol impiden conciliar el sueño, cuando estar tumbado en la cama deja de ser relax y pasa a convertirse en algo insufrible, el sillón orejero puede ser de nuevo alivio y consuelo.

Cuando veo que he incluido esta entrada en el capítulo de "pequeños placeres", me planteo si estoy exagerando, si he frivolizado, ... incluso si resulta que tengo el día superficial, pero para mí el sillón tiene su importancia y se ha convertido casi en mi trono.


23 de febrero de 2010

El puñetazo de Villar a Cruyff




















Hay ocasiones en las que el fútbol es noticia por razones ajenas al puro deporte: incidentes entre jugadores, árbitros agredidos, partidos apañados, jugadores rebeldes o poco disciplinados, ... y como hay muchas páginas que llenar en los periódicos deportivos, que por cierto salen todos los días, este tipo de sucedidos dan mucho que hablar y durante bastante tiempo, incluso hay algunos que perviven en el tiempo y se incorporan a la particular historia de nuestro fútbol, incluso casi con matices de leyenda.

Uno de esos acontecimientos que aun habiendo ocurrido en el cesped tiene matices bien poco deportivos fue el puñetazo que el Angel María Villar, hoy flamante y duradero presidente de la Federación Española de Fútbol y entonces joven y prometedor centrocampista del Athletic de Bilbao, propinó a Johan Cruyff en un partido disputado en San Mamés el primer año del holandés en el Barça, año en el que los culés ganaron la Liga tras 13 años de sequía, algo en lo que por cierto tuvo mucho que ver el magnífico nueve blaugrana.

Corría el 25 de marzo de 1974 y el encuentro que enfrentaba al entonces Atlético de Bilbao y al F.C. Barcelona cerraba la jornada 27 del campeonato; en aquella época en la que solamente existía TVE el fútbol televisado, aparte claro está de los partidos de la selección y algunos partidos europeos con equipos españoles, se reducía a un partido que solía comenzar a las 8 de la tarde de los domingos. Eran los encuentros que solía retransmitir Matías Prats padre, que tendía a enrrollarse como una persiana contando vida y milagros de jugadores, entrenadores y árbitros, aunque en aquella época ya había empezado a ser sustituído por Miguel Ors, a quien se le veía bastante el plumero merengue, José Félix Pons, cuyo plumero era blaugrana, Juan Antonio Fernández Abajo y Joaquín Ramos; el realizador histórico del fútbol televisado era en aquellos tiempos Ramón Díez, un hombre que hacía maravillas con los escasos medios de entonces.

El Barcelona llevaba una racha triunfal y, a falta de ocho jornadas para concluir el campeonato tenía la Liga en el bolsillo; la llegada de Johan Cruyff, junto a la del pequeño y habílismo media punta peruano Hugo "Cholo" Sotil, había dado vigor a un equipo que ya tenía excelentes mimbres -Sadurní, Torres, Gallego, Costas, Juan Carlos, Marcial, Rexach, ... - pero que no acababa de funcionar. Por su parte los leones, que eran los campeones de Copa vigentes tras haber ganado el título el año anterior frente al Castellón de Clarés, Planelles y del Bosque, caminaban en la zona templada de la tabla, aún con aspiraciones de alcanzar la posibilidad de clasificarse para la UEFA; su gran estrella seguía siendo el "Chopo", José Angel Iribar, titular indiscutible de la selección y una auténtica leyenda y con él destacaban tres internacionales más: el goleador Antón Arieta, el buen interior zurdo Fidel Uriarte y un extremo izquierdo con una enorme clase: Chechu Rojo, junto a ellos había crecido una nueva generación de jóvenes "cachorros" como Astraín, Igartua, el ariete Carlos, que con el tiempo sería Pichichi y un malogrado Javier Clemente. Villar era la última perla de Lezama y se había hecho con la titularidad en el interior derecha de la alineación blanquirroja.

Ahora no soy capaz de recordar en que minuto del encuentro ocurrió el incidente por el que este partido es recordado, aunque aseguraría que fue en la primera parte; el balón estaba en zona de nadie y cerca del círculo central andaban Cruyff y Villar, no se que pasó entre ambos, pero en un momento determinado el jugador bilbaíno le propinó un upercut al holandés que dejó a éste en el suelo; Villar ni disimuló ni se lo pensó, se encaminó directamente al vestuario sin esperar a que el árbitro le mostrara la correspondiente cartulina roja. La agresión, evidentemente dio la vuelta a España y al Villar le cayeron cuatro partidos de sanción. No se si alguien habrá profundizado en el tema, pero no estaría de más enterarse de los entresijos del hecho, qué pasó entre uno y otro para que Villar reaccionara de esa manera.

Angel María Villar había debutado con la selección española en el mes de octubre y se convirtió en un fijo de Ladislao Kubala, siendo internacional en 22 ocasiones y destacando por su despliegue físico y buen control de balón, aunque se le achacaba un exceso de lentitud en el juego. Formó parte de una selección que tuvo más sombras que luces, con fracasos como la eliminación en primera ronda del Mundial de Argentina (1978) o la ausencia de cualquier posibilidad de ganar título alguno, un equipo en el que estaban Quini, Sol, Capón, Pirri, Asensi, Claramunt, ...

La temporada 1973-74 será recordada por otras muchos motivos: la vuelta de los extranjeros a la Liga española, la marcha arrolladora del Barça de Rinus Michels en la Liga, con Cruyff en plan fenómeno, el golazo que le marcó Cruyff a Miguel Reina en un escorzo memorable, el boom de los zaraguayos en La Romareda, con un primer año sensacional de Nino Arrúa, quien marcó 17 goles, el Pichichi de Enrique Castro "Quini", el juego de jugadores como Ayala, Netzer, Keita, Güerini o Carnevalli o el desquite del Real Madrid en la Copa endosándole un 4-0 a un Barça sin Cruyff, pero el "tortazo" de Villar quedó grabado para siempre en las retinas de los futboleros de entonces.



22 de febrero de 2010

Charles Dickens



Creo que puedo afirmar que soy "dickensiano", los libros de Charles Dickens me han cautivado desde pequeño y pienso que se puede sacar mucho y bueno de la literatura que realizó en autor londinense. El otro día leía no se donde ni a quien, una crítica a Dickens por su tendencia al "Happy End", como queriendo decir que faltaba realismo a sus historias, como si lo suyo fuera resignación ante las injusticias evidentes que solían reflejar, ... no estoy de acuerdo, Dickens cuenta con toda crudeza los dramas sociales de la época, pero añade ese punto de esperanza que pienso hay que agradecerle.

La propia historia personal del escritor nacido en Portsmouth en 1812 nos ayuda a entender su obra; el padre de Dickens fue encarcelado por no pagar sus deudas y tuvo que ponerse a trabajar siendo un niño en una fábrica de calzado. Charles Dickens fue un autodidacta, comenzó a trabajar de pasante de un abogado, pero su vocación periodística y literaria le llevó primero a hacer crónicas de tribunales, posteriormente a ejercer de reportero parlamentario y finalmente a escribir artículos sobre la vida cotidiana de Londres, algo que se refleja luego en muchas de sus novelas.

Una de las razones por las que disfruto con Dickens radica en la magnífica ambientación de sus novelas; del Londres victoriano, sus calles, sus habitantes, sus costumbres y sus instituciones son descritas magistralmente. Ese Londres que se caracterizó por un enorme crecimiento demográfico, por al auge de la revolución industrial que llevó tanto progreso como pobreza y desigualdades, en el que confluyen personajes curiosos y dispares y donde cohabitan historias familiares de todos los colores. Libros como "Oliver Twist" o "Casa desolada" son relatos próximos a lo que hoy llamaríamos novela histórica.

En segundo lugar los libros el gran escritor británico tienen una enorme y acertadísima carga de crítica social; queda dicho que la revolución industrial fue como una bomba que explotó en las manos de los políticos de la época y la prosperidad victoriana fue acompañada de las graves consecuencias de la huida de las gentes de las aldeas a la ciudad, donde muchas veces fracasaban en su intento de ir a mejor y caían en el arroyo. Eran tiempos en las que el crecimiento industrial no iba acompañado de la garantía de unos derechos, los de los trabajadores, que eran simplemente un verbo que no se conjugaba: la palabra sindicatos no existía y en el ambiente social de la época imperaba la hipocresía y la doble moral. Esto es lo que más ácida y enconadamente criticaba Dickens.

Dickens fue un gran creador de personajes; los tipos descritos puede que sean de los mejores de la literatura universal; son personajes absolutamente geniales, de un realismo notable, de carne y hueso. Se trata de personajes que uno recuerda siempre, que se graban en la memoria y resulta enormemente fácil ponerles cara y ojos porque Dickens nos los describe con certera finura. Son francamente inolvidables tipos como el Ebenezer Scrooge del "Cuento de Navidad", el Uriah Heep de "David Copperfield", el Fagin de "Oliver Twist" o el Provis de "Grandes Esperanzas". A diferencia de otros autores, los personajes de Dickens no son de cartón piedra, tienen vida propia, te meten en el libro y vives con ellos lo que allí se relata.

Si tuviera que elegir entre el elenco de grandes obras del autor, creo que me quedaría con David Copperfield; se trata de una novela emblemática, con un contenido claramente autobiográfico y que pienso se encuentra entre las mejores obras en lengua inglesa de la literatura contemporánea. "David Copperfield" no se limita a narrar la dura historia del protagonista, que es la de quien la escribe, sino que nos adentra en la realidad histórica de la época y utiliza esa crítica social de la que hablaba, la cual posiblemente sea en este libro, junto a "Oliver Twist", donde está más acentuada; en esta ocasión Dickens pone el dedo en la llaga al poner de manifiesto el escándalo de los menores trabajando en las fábricas londinenses. La galería de personajes del libro es de las más ricas que nos muestra su autor, lo que ya es decir, desde un David Copperield ingenuo y luchador hasta su amada y portectora Agnes Wickfield, sin olvidar a su fiel aya Peggotty, el hermano de ésta, su sobrina Emily o su amigo de colegio el caprichoso y frívolo James Steerforth, sin olvidar a su excéntrica Tía Betsy que tras acudir a colaborar en el nacimiento de David, huye indignada de la casa al saber que su cuñada ha tenido un niño y no una niña como era su voluntad, el Sr. Wilkins Micawber, permanentemente endeudado o el repelente Uriah Heep, avaro e intrigante.

"Oliver Twist" no le anda a la zaga al anterior; en este libro disfruté especialmente con la fina ironía con que Dickens relataba la cruda historia de Twist. En el libro la crítica social es demoledora: la situación de los hospicios británicos, la hipocresía social y personal de tantos, el descuido de los menores, su utilización inmoral y la corrupción de las instituciones de beneficencia son buena parte del contenido de aquélla. En "Oliver Twist" se nos describe un Londres lleno de contrastes en el que conviven la aristocracia más opulenta con los más miserables que están hacinados en barrios y calles sucias y apestosas, quienes vimos la maravillosa y oscarizada película de Carol Reed se escenifica de modo impresionante esta realidad urbana, pero si se ha leído el libro uno ya está familiarizado con la misma antes de verla. Los personajes de la novela también son inolvidables, con mención especial para el propio Oliver, Fagín, el avaro judío maestro de ladrones, Jack Dawkins, el "Gran Truhan" y el matrimonio Bumble, celadores del orfanato; también son personajes muy logrados Bill Sikes, el más aventajado y malvado de los discípulos de Fagin, Nancy, la prostituta que ofrece su vida por salvar la de Oliver, el Sr. Soweberry, un encargado de una funeraria donde éste entrará a trabajar y Noah Claypole, el vago y malcarado empleado de Soweberry.

En mi opinión "Grandes esperanzas" es la tercera gan obra de Charles Dickens; como de las anteriores, ha habido excelentes versiones cinematográficas. Fue otra obra de esas que te cuesta dejar y que te quita horas de sueño; relata una historia entrañable, la del joven Pip, un muchacho cuya vida cambiará por el favor y la discrección con que trató a un presidiario que huía de la Justicia. Aquí vuelve a aflorar la crítica dickensiana, con la puesta en evidencia de los defectos y miserias del sistema judicial y carcelario británico. La novela puede calificarse como una larga y entrañable historia, las aventuras y desventuras del joven Pip en las que hay siempre unapuerta a lo que significa el propio título del lbro: la esperanza. Hay también personajes muy bien definidos, como la malhumorada hermana de Pip, sucuñado José, la adinerada señora Havisham, sus amigas Biddy y Estela, y por supuesto, su benefactor Provis y el amigo de éste, Herbert.

"Oliver Twist" fue propiamente la primera novela de Dickens, pero su primer libro es "Los papeles póstumos del Club Pickwick", una recopilación de esos artículos sobre la vida londinense de los que antes hablaba. En torno al protagonista, Samuel Pickwick, se agrupa un club de extravagantes personajes, cuyas peripecias, narradas con gran sentido del humor, pueden interpretarse como una sátira de la filantropía. La figura más notable de la novela, después de la de Pickwick, es la de su criado Sam Weller, sin olvidar a sus tres amigos Nathaniel Winkle, Augustus Snodgrass, y Tracy Tupman. No es un libro equiparable al resto de la obra dickensiana, aunque contiene crítica social, pues se trata de una irónica crítica a la filantropía, pero aquí se ve más el humor inglés, con una frescura y un sentido del humor impagables; aquí Dickens se nos muestra como avispado observador de la naturaleza humana, habilidad que se refleja en esta novela con claridad. Hay quien opina que se trata de un libro aburrido, tesis que no comparto en absoluto.

He leído cuatro libros más de Charles Dickens: "Canción de Navidad", la hilarante y tremenda historia de Ebenezer Scrooge que se convierte en una dura crítica a la avaricia y el egoísmo y un auténtico canto al espíritu navideño: francamente bueno "Historia en dos ciudades", donde Dickens sale de su habitual crítica social y de los personajes infantiles para crear una especie de novela histórica ambientada en la revolución francesa: Al mismo tiempo la historia se desarrolla en dos países: Inglaterra y Francia, y en las ciudades de Londres y París, respectivamente en la época de los albores de la Revolución francesa. Una ciudad, Londres, simbolizaría la paz y la tranquilidad, la vida sencilla y ordenada, mientras la segunda, París, representaría la agitación, el desafío y el caos, el conflicto entre dos mundos en una época de drásticos cambio sociales. Me resultó menos entretenida "Tiempos difíciles", en las que el autor acentúa la descripción de los males que trajo consigo la revolución industrial; aquí traslada la acción de su habitual Londres a la ciudad ficticia de Coketown, en el norte de la Inglaterra victoriana. Se asegura que su descripción está basada en la ciudad de Preston. Finalmente resultó un descubrimiento "Casa Desolada", que alguien me prestó cuando desconocía su existencia; había sido publicada en su día por entregas y contiene uno de los más grandes, complejos y engarzados conjuntos o de personajes y subtramas de toda su obra; Dickens cuenta todo esto por medio de la narración de la heroína de la novela, Esther Summerson, y de un narrador omnisciente; entre sus memorables personajes destacan el abogado Tulkinhorn, el encantador pero deprimente John Jarndyce y el infantil Harold Skimpole, la trama se refiere a una larga disputa legal que tiene consecuencias de largo alcance para todos los involucrados y supone una acerada crítica del sistema judicial inglés. "La pequeña Dorrit", "Nicholas Nickleby " y "Nuestro común amigo" quedan pendientes de leer, aunque de las dos primeras recuerdo su escenificación en la vieja tele en blanco y negro en el espacio "Novela".


21 de febrero de 2010

A mí me ha encantado


Cuando lo comencé a ver pensé, "¿cómo me pueden mandar algo tan basto? ... se ve que me faltaba paciencia, porque al final me ha resultado entrañable, precioso.

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19 de febrero de 2010

Aquellos peluqueros de siempre



Está muy claro que el tema de la peluquería no es lo mismo para los varones que para las mujeres; para ellas ir a la "pelu" es todo un ceremonial, a lo que cabe añadir que, a diferencia de nosotros, acuden con bastante frecuencia, están bastante rato y el importe del trabajo suele ser notablemente superior. Por supuesto que los tiempos han cambiado, y además ahora hay peluquerías "unisex" en las que es posible que se equiparen las situaciones, por mucho que no se muy bien como concretar aquí las paridades.

Pero yo reivindico esas peluquerías clásicas y esos peluqueros de toda la vida; ¡cómo me gustan esos establecimientos con las rayas de tres colores, con su olor a limpio y a loción, con sus frascos de "Geniol", "Floid" y "Varón Dandy"!; y esas alzas imprescindibles cuando el cliente es un niño, y la mesita junto a las sillas de espera, con las revistas del corazón, muchas de ellas del año anterior, el "DDT", el "Tíovivo" y el "TBO", las capas blancas que solamente ellos saben colocar, no sin antes orearlas con un gesto similar a un pase taurino; y el fijador, la navaja clásica y la brocha delicada. Esos peluqueros que te hablan de fútbol, toros o de la vida misma mientras suenan musicales y acompasadas las tijeras cuyo uso dominan con una técnica y una soltura adquirida al cabo de muchos años.

Pero ir al peluquero siempre ha tenido su intríngulis, porque es mucho más que acudir a que te corten el cabello o a que te arreglen la barba; el barbero ha sido históricamente uno de nuestros personajes de confianza, como el camarero del bar del barrio de toda la vida o la persona que regenta el quiosco donde compras el periódico. Porque a mi me gustan las barberías donde te reciben casi como a un familiar, donde si tardas en acudir notas que te han echado de menos, donde no eres un número más, un simple cliente que paga, sino alguien con nombre y apellidos, a quien no hace falta preguntar como le gusta el corte de pelo, entre otras cosas porque es muy probable que el peluquero lo sepa mejor que él.

El champú sin marca, la máquina de ajustar el pelo, esa especie de émbolo relleno de agua o la goma donde la navaja se pasea y prepara siempre quedarán en la memoria, junto al cepillo que despeja los pelos, el espejo ante el que siempre se ha de decir que ha quedado de miedo o los complementos de fijador, brillantina o colonia añeja. El sonriente ciudadano de cuello larguísmo de los botes de "Floid" tiene un lugar en la historia tan importante como el mayordomo de "Netol" o el obeso muñeco de "Michelín", de la misma manera que quedará en nuestras entretelas la nostalgia de tanta marca -"SyJ38", "Lucki", "Agua Velva", "Lectric Shave", ...- y de tanto objeto.

Pero por encima de todo está esa "humanidad", en el sentido más profundo y positivo de la palabra, ese contacto humano, ese toque de aprecio, de intimidad, casi de cariño que ya no abunda, porque tal vez en nuestra sociedad estamos enganchados en fijarnos en otras cosas y hemos perdido costumbres que nos enriquecían, hemos dejado de ver todo lo bueno de lo de cada día, y no sabemos lo que nos estamos perdiendo.


18 de febrero de 2010

Homenaje a Alberto Cortez



Desde hace muchísimos años Alberto Cortez es una debilidad; hay quien lo ve cursi, otros dicen que es afectado ... no lo se, a mí me parece un cantante lleno de sensibilidad, con una voz preciosa y aires de poeta. Su estilo desgarrado e intimista, su forma apasionada de cantar, la intensidad de sus interpretaciones hacen de él uno de los cantantes hispanoamericanos más entrañables. Nació hace 70 años en Rancul, provincia de La Pampa, y en 1964 se instaló en España.

Cortez sufrió una importante evolución en su música, pues comenzó con un estilo de canción fácil, pegadiza y propia de esos festivales que menudeaban en la España de entonces: el de Benidorm, el de la Canción del Mediterráneo, ... de esa época es el célebre "Me lo dijo Pérez" , con el que participa en el Festival de Mallorca y con el que dio la vuelta a España. Por este estilo de música fue llamado "Mister Sucu-sucu". Pero en 1967 da un recital en Madrid y cambia su estilo radicalmente, aportando a su música una calidad que no tenía y comenzando a interpretar temas de Atahualpa Yupanki, a poner música a poetas como Neruda on Jaime Dávalos y a crear canciones sentidas y emotivas como "En un rincón del alma", un tema romántico y que canta con un sentimiento difícil de imitar.

Uno de los compositores a los que cantó Cortez fue al gran cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, un hombre que creço unos temas de enorme contenido poético; puede que "Los ejes de mi carreta" sea la canción más representativa, aunque no se le quedan atrás "Chacarera de las piedras", "El alazán", "Camino del Indio" y "Guitarra dímelo tú". Otro autor que frecuentó Cortez fue Facundo Cabral, el genial cantautor platense, de entre cuyo repertorio Cortez da un sabor especial a dos temas legendarios: "No soy de aquí" y "Pobrecito mi patrón". Excelente el "Romance del molinero", basado en un poema de Jaime Dávalos o el célebre poema XX de Pablo Neruda, "Puedo escribir los versos" . En este capítulo también cabe incluir su peculiar versión de los poemas de Antonio Machado "Yo voy soñando caminos" y "Las moscas" y la de la legendaria canción de Violeta Parra "Gracias a la vida".

Pero Cortez es un compositor de nivel, con canciones que son pura poesía, llenas de contenido. De entre estas a mí me gustan especialmente tres "Callejero" , una maravillosa fábula sobre un simple perro, "Distancia" , una canción que llama a la nostalgia, al recuerdo de la tierra propia y lejana y "Equipaje", donde Cortez habla de su bagaje personal, en una especie de autorreflexión. También suyos son otros dos temas llenos de sentimiento con claras referencias a sus ancestros: "Mi árbol y yo" y "El abuelo un día", canciones que tal vez tienen un algo de "lacrimógenas", pero que al menos a mí me encantan. En esta misma línea está otra de sus canciones más famosas, "Cuando un amigo se va", un tema que lleva decenios escuchándose y que más de una vez nos ha tenido que venir a la cabeza en determinados momentos. Excelente también "Camina siempre adelante".

Alberto Cortez también canta al amor, es un tema que no puede estar fuera del repertorio de un cantautor, de un poeta. Especialmente bello es el tema "Como el primer día", una canción llena de ternura, aunque puestos a ponernos "romanticones" no podemos omitir su clásico "Te llegará una rosa", donde utiliza todos sus trucos para fortalecer el registro sentimental de quien la escucha. De tono mucho más dramático, como un canto al amor trágico y desgraciado es su interpretación de la que dicen es su canción favorita, "El amor desolado". También son de amor y bien bonitas canciones como "Compañera mía" y "Como la marea". De sus primeros tiempos es "Mi primer amor", mientras es mucho más reciente su interpretación de "Mi gran amor". Preciosa su versión de "Sombras".

Hay otras canciones de Cortez que son inclasificables, en la que uno encuentra cierto desenfreno, como un toque de bohemia y trasgresión; siempre me llamó la atención un tema que encontré en uno de sus vinilos recopilatortios que aparecieron mediados los 70 y que se titulaba simplemente "Manolo", todo un himno al desahogo, a la amistad y al noctambulismo. En el volumen segundo de los citados recopilatorios aparece un tema muy movido, con una letra llena de ironía que se titula "Hay un Madrid". Uno de los éxitos más rotundos del cantautor argentino fue "Castillos en el aire", donde da juego a toda su imaginación con un tema lleno de simpatía y crítica social; de la misma época es "A partir de mañana", otro tema donde brilla la ironía. Tremendamente movida y con contenido es otra canción que siempre me ha encantado: "Andar por andar andando", con frases tan interesantes como ésta: "Ir evitando espejismos y mirar lo que yo mismo sea capaz de mirar".

Dejo para el final canciones variadas, que no sabría agrupar en ningún género; aquí cabría ese canto a la paternidad madura que es "Qué maravilla, Goyo" , algo estropeado en el vídeo por la cursi de la presentadora, o "A Daniel, un chico de la guerra", un tema que aporta un toque pacifista a la carrera de Cortez. Preciosa la canción "Me llevaré conmigo", un tema trocado de nostalgia, e igualmente bella "Eran tres", un tema compuesto en honor de tres "Pablos" fallecidos en 1973: Pau Casals, Pablo Neruda y Pablo Ruiz Picasso. Francamente elocuente "La vejez" y llena de emociones "A mis amigos" . Dejo para el final tres canciones bien sentidas: "Mariana" , "La vida", una canción en lucha contra las drogas y "Que suerte he tenido de nacer".




17 de febrero de 2010

"La casa del propósito especial", John Boyne













"La casa del propósito especial"
John Boyne
Salamandra. Barcelona (2009)
416 páginas


Mientras acompaña a su esposa Zoya, que agoniza en un hospital de Londres, Georgi Danilovich Yáchmenev rememora la vida que han compartido durante sesenta y cinco años, una vida marcada por un gran secreto que nunca ha salido a la luz. Los recuerdos se agolpan en una sucesión de imágenes imborrables, a partir de aquel lejano día en que Georgi abandonó su mísero pueblo natal para formar parte de la guardia personal de Alexis Romanov, el único hijo varón del zar Nicolás II. Así, la fastuosa vida en el Palacio de Invierno, las intimidades de la familia imperial, los hechos que precedieron a la revolución bolchevique y, finalmente, la reclusión y posterior ejecución de los Romanov se entremezclan con el durísimo exilio en París y Londres en una hermosa historia de un amor improbable, al mismo tiempo un apasionante relato histórico y una conmovedora tragedia íntima.

Tenía grandes esperanzas en la lectura de este libro y tal vez aquí he de encontrar la razón principal de que tras concluir su lectura ande con cierta decepción. Es un libro ameno, que se lee bien, pues Boyne escribe con sencillez, pero a la novela le falta algo, lo suficiente para no conseguir que uno esté deseando que llegue cuanto antes la ocasión de reanudar la lectura. Alguien me comentaba el otro día que pensaba que Boyne había acertado a la ruleta con "El niño del pijama a rayas", pero que esta receta no le iba a servir siempre: es posible que aquí radique el problema, en que no basta con reiterar una fórmula, sino que hay que buscar nuevas ideas.

Boyne cuenta paralelamente la historia de Georgi Danilovich Yáchmenev cuando en 1916,siendo un adolescente, fue captado por el primo del zar en una mísera aldea rusa para ser el cuidador del zarevich Alexis y cuando este se encuentra viviendo en Londrés junto a su moribunda esposa Zoya; para ello utiliza habilmente el sistema de ir avanzando hacia adelante en el tiempo con la primitiva historia y para atrás en la segunda, de manera que al final ambas narraciones convergen en una sóla y surge el desenlace. He de incidir en que, pese a que el libro no cubriera mis expectativas, la lectura es entretenida y a ratos hasta interesante.

El trágico final de los zares y la revolución rusa son un momento verdaderamente apasionante de la historia, algo que convierte automáticamente "La casa del propósito especial" en un libro apetecible, lo que pasa es que como novela ambientación histórica creo que Boyne se ha quedado corto, no se si porque le ha faltado ambición o porque no pretendía nada más. Eso sí, la novela nos cuenta una hermosísima historia de amor, y eso tampoco está mal.

Dejo dos críticas de sentidos bien distintos, aunque ambas son complementarias.



16 de febrero de 2010

Mark Twain habla del interior del hombre



"Todo hombre es como la Luna: tiene una cara oscura que a nadie enseña."

(Mark Twain)

Mark Twain, que en realidad se llamaba Samuel Langhorne Clemens, nació en Florida, una pequeña localidad situada en el estado de Missouri; si algo me gusta especialmente del autor de libros que fueron irrenunciables en nuestra infancia como "Las aventuras de Tom Sawyer" y "Las aventuras de Huckleberry Finn" y otros que deberían serlo siempre, como "El principe y el mendigo", es su fina ironía, su capacidad de entrar incisivamente con pluma tan afilada como elegante, en las miserias humanas. Twain vivió una época dura en una zona de los Estados Unidos abiertamente esclavista y agudizó su ingenio para defender lo que consideraba justo.

He escogido una frase que pienso que supone un profundo conocimiento por el periodista y escritor de la naturaleza humana; y esa referencia a la cara oculta de las personas puede ser ocasión de sacar a la luz diferentes temas, variadas cuestiones sobre las que se puede opinar mucho y no siempre en la misma dirección, entre otras razones porque hay asuntos sobre los que no deberíamos hacer excesivos dogmas. La pluralidad, la tolerancia, la comprensión de la personal historia y circunstancias de cada uno son razones que al menos a mí me han llevado a ir aprendiendo, no se si lo suficiente, a ser menos riguroso -¿mejor, rigorista?- a la hora de emitir juicios sobre el resto de la humanidad, casi a evitarlos.

La frase de Twain plantea la cuestión de la intimidad de las personas; en un mundo donde se ha impuesto la facilidad de comunicación, donde todos nos hemos convertido en internautas -algunos patológicos- sometidos a una especie de "Gran Hermano" de redes sociales, foros, chats y múltiples direcciones de correo, parece que esa intimidad puede estar reducida a pavesas. Una intimidad que provoca la gran paradoja de que a la vez que se busca sellar con exigentes leyes de protección de datos uno acaba viendo como entre unos y otros acaban descubriendo hasta el color de tus calzoncillos: al final nadie escapa a las garras de la Hacienda Pública, ni al scanner de los aeropuertos ni a los interrogatorios de jueces, fiscales y letrados.

Pero no perdamos de vista que Mark Twain nos habla de una cara oscura, calificativo que tiene un claro matiz peyorativo; los aficionados a las novelas de misterio sabemos mucho de vicios inconfesados, de segundas personalidades ocultas durante años, de honrados padres de familia que terminan por ser unos psicópatas de aupa. Imagino que la vida real también mostrará algún ejemplo de este tipo, pero por regla general me parece que aquí y ahora las caras ocultas tienen más que ver con vidas insatisfechas, carencias formativas o enseñanzas mal encauzadas o, cuando menos, mal asimiladas. Frente a esa cara oscura, a ese lado oscuro, me planteo dos soluciones, por un lado la búsqueda de alguien en quien confiar, que no es sencillo, algo que solamente se puede hallar por el camino del amor y la amistad, por otra parte, y recurriendo a ese juego de elucubrar sobre lo que uno no conoce en directo, creo no andar muy errado si mantengo la consideración de que muchos de nuestros secretos inconfesables son vistos por Dios con muchísima más condescendencia que la de la persona más tolerante del planeta, incluso algunos con una sonrisa.

Lo que si entiendo debe ser visto con mala cara en la tierra como en el cielo es la hipocresía, y aquí sí que el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra, porque todos tenemos en mayor o menor medida en nuestro interior esas tendencias tan humanas a disimular defectos, a buscar quedar de miedo, a intentar decir a cada uno lo que le gusta oír, a adaptar nuestras ideas e intenciones a la corriente del momento, a ser social y profesionalmente políticamente correctos. Todos tenemos esa tendencia, pero uno se encuentra con personas auténticas, de una pieza, sin aristas ni recovecos, y no tengo ninguna duda de que uno no nace así, sino que lo consigue con la firme decisión de ir de frente por la vida.

Pero es bueno saber que todos tenemos esa cara oscura, sin generalizar, sin darle necesariamente a eso matiz negativo alguno; porque, por un lado, no podemos caer en el error, en ocasiones ingenuo, en otras torpe, de idealizar a las personas, de crearnos ídolos que pueden acabar siendo de barro; por otra parte hay veces en las que el problema radica en nuestro excesivo "ego": nos creemos los mejores, pensamos que nuestras soluciones son las únicas, nuestras opiniones las más acertadas y nuestra profesionalidad infalible, y con frecuencia la realidad es mucho menos fantástica, aunque posible y paradójicamente, puede ser, si renunciamos a ese "ego", mucho menos insoportable, además de facilitar que en un momento dado el resto de mortales seamos más comprensivos si sale a la luz la cara oculta.

Aun recuerdo la primera victoria electoral de Richard Nixon, yo acababa de cumplir 10 años y andaba por la vida cual alma de cántaro; veía al flamante presidente del país más poderoso del mundo libre y me llamaba la atención su permanente sonrisa, esa cordialidad que parecía innata, y por eso mismo andaba convencido que el líder de los republicanos USA era una excelente persona, un hombre intachable; cuando estalló el Caso Watergate no me podía creer que un hombre así fuera capaz de esas trampas ... No se puede ir por la vida con tanta inmadurez, pero lo digo no tanto por dar a entender que uno no se puede fiar de nadie, sino por poner en consideración la necesidad de asumir las miserias ajenas, de darse cuenta que Mark Twain acierta en su afirmación y que es algo que nos debe volver menos inflexibles, más humanos con el resto del mundo.



15 de febrero de 2010

Descanse en paz el "Mangas"



Luis Molowny, que falleció ayer en Las Palmas a los 84 años, había nacido en Santa Cruz de Tenerife y como cuando fue fichado por el histórico Real Madrid de Di Estéfano, Puskas y Gento, no se acababa de acostumbrar al frío del invierno peninsular y jugaba jugaba con los puños de la camiseta sujetos con las manos, acabó siendo conocido con el sobrenombre de "El Mangas". Molowny fue el típico interior de la escuela canaria: muy técnico, de juego reposado y capaz de hacer florituras increíbles con el balón. Cuentan que el inigualable D. Santiago Bernabeu se encontraba en Reus cuando leyó que un emisario del Barça, el valenciano Jacinto Quincoces, se dirigía en barco a las Islas Canarias para fichar a un prometedor interior zurdo tinerfeño que jugaba en el Marino de Las Palmas, decidiendo el mandatario madridista coger un avión y logrando adelantarse a los culés. Molowny ha sido toda una institución en el equipo merengue.

Molowny lo consiguió todo como jugador: dos Ligas, una Copa de Europa y una Copa del Generalísimo, siendo internacional en siete ocasiones; la existencia de grandes centrocampistas en la época (Panizo, Garay, Venancio, Rosendo Hernández, ... ) impidió que vistiera la roja en más ocasiones. Pero donde Molowny destacó como un auténtico genio fue ejerciendo de entrenador; con el Real Madrid Molowny hizo hasta en tres ocasiones de "apagafuegos", cuando los ceses de Miguel Muñoz en 1974, Miljan Miljanic en 1977 y Amancio Amaro en 1985 el "Mangas" se hizo cargo del equipo con éxito indudable: en el 74 ganó la Copa, en el 78 la Liga y en el 86 de nuevo la Liga. Para conseguir estos triunfos, Molowny añadió a una evidente sabiduría futbolística, una mano izquierda indudable con los jugadores, un saber estar y una elegancia exquisita en la banda, un sentido común aplastante y una capacidad de trabajo notable. Molowny fue el prototipo de hombre de club, de personaje de confianza, de recurso de última hora al que acudir cuando las cosas vienen mal dadas, como Nando Yosu en el Racing de Santander, Manolo Mestre en el Valencia de los 70 y 80, Manolo Cardo, el entrañable "cateto de Coria", en el Sevilla o Luis Costa en nuestro Zaragoza.

Pero la carrera de Molowny no se acaba en el club de Concha Espina, pues el mister fallecido, como ya dejé patente en una vieja entra de 26 de septiembre pasado, fue el forjador del mejor Las Palmas de la historia, ese que jugó en Europa y consiguió el subcampeonato de Liga en la temporada 1968-69 y en el que jugaban hasta cinco internacionales españoles: Castellanos, Martín Marrero, Germán Dévora y los malogrados Tonono y Juanito Guedes, quienes junto a Oregui, Gilberto I, León, Gilberto II y unos cuantos más practicaron un fútbol que entusiasmó a los aficionados de las islas y de la península.

En 1969, cuando Eduardo Toba dimitió como seleccionador nacional, la Federación Española de Fútbol decidió encomendar provisionalmente la dirección del equipo nacional a un triunvirato formado por los misters de Madrid, Barcelona y Las Palmas: Miguel Muñoz, Salvador Artigas y Luis Molowny, de manera que durante cuatro encuentros el "Mangas" tuvo el máximo poder del equipo representativo del fútbol de nuestro país.

Luis Molowny representa todo un aspecto del fútbol que muchas veces echamos de menos, ese fútbol vocacional, de "fair play", de amor a unos colores, de poner el interés del club, que es el de sus aficionados, por encima de vanidades y ambiciones personales, un fútbol más humano, capaz de entusiasmar a los hinchas y que hace que Molowny, como en su día Ladislao Kubala, Carlos Lapetra, Pepe Samitier o Ferenc Puskas, sea ya desde ahora una leyenda y su recuerdo algo que sigue vivo.


14 de febrero de 2010

La cocina de los zares



La Escuela de Hostelería de Huesca tiene un prestigio ganado en buena lid desde hace tiempo; habitualmente se puede comer allí por un módico precio y el resultado suele ser muy positivo. Cada año realizan unas jornadas gastronómicas, ya van por las XIX y este año han estado dedicadas a la cocina rusa de la época imperial, y no hay ninguna duda de en tiempo de los zares sabían lo que hacían en materia culinaria.

El pasado jueves acudí en compañía de unos amigos a comer allí y puedo decir que la experiencia fue excelente. Cada día el menú es distinto y el jueves resultó francamente bueno; empezamos con un cóctel llamado "Skarka" compuesto por vodka, limonada, jarabe de azúcar y caviar de remolacha, lo justo para conseguir abrir el apetito. El primer plato sólido fue "Kulibiak", una especie de boulavant que contenía arroz blanco, setas, huevo duro y salmón para seguir con lo que, en mi opinión, fue la estrella del menú: bacalao con patata, digno de cualquier restaurante de primer nivel para seguir con pato relleno de manzana, algo que aunque tenga nombre de minuta de restaurante chino, era un manjar propio de Nicolás y Alejandra. El postre recibía el nombre de "Gouryevskaya kasha" y afortunadamente no nos exigieron pronunciarlo bien para permitir que lo degustáramos, se trataba de una especie de pastel muy parecido a los mazapanes toledanos; el colofón era café ruso blanco, receta que debía haber sido sacada de algún príncipe ruso con orígenes irlandeses, pues se parecía al café propio de dicha isla, aunque como es lógico el caviar sustituía al whisqui.

Los platos habían sido, lógicamente, elaborados por los alumnos de Hostelería, quienes también servían las mesas, ataviados por cierto con ropajes propios de la época, de manera que uno era atendido por jóvenes estudiantes de hostelería vestidos de cosacos, princesas rusas, nobles de la estepa, etc, todo un espectáculo simpático y bien presentado. La comida era amenizada por profesores del Conservatorio oscense que tocaban música rusa con el acordeón, el violín y el contrabajo.

Pero, por encima de todo, quiero destacar el ambiente, lo bien organizado que estaba todo, la simpatía del personal y lo grato que resulta ver a unos chavales normales y corrientes disfrutando de un montaje que es un éxito repetido en Huesca y que nos hizo pasar unos momentos agradabilísimos.


13 de febrero de 2010

"Cautivos del mal" (1952)

Sinopsis: Magistral obra que bucea en los entresijos de Hollywoody a través de la historia de un tiránico y manipulador productor de cine que, en su momento de declive, pide ayuda a un director, una actriz y un guionista, a los cuales ayudó en la consagración de sus respectivas carreras pero que ahora le detestan. Ahora, años después, los tres le echarán en cara que fue un productor sin escrúpulos que trató de alcanzar el éxito sin reparar en las personas a las que traicionaba o engañaba.

Hace muchos años, recuerdo que vivía en Zaragoza, por lo que tendría que ser en los primeros de mis estudios universitarios, había visto esta película y me había gustado mucho, aunque también me acuerdo que fue de esas películas que miras mientras vas haciendo otra cosa y acabas enchufado, razón por la cual mi visión de la misma no había sido total y mi atención insuficiente. Por esta razón, he aprovechado la primera ocasión para verla de nuevo, esta vez de principio a fin y con dedicación exclusiva, y a fe que he confirmado, con creces, la excelente opinión de la primera vez, es más casi aseguraría que se trata de una de las mejores películas que he visto.

"Cautivos del mal" es una película sobre el cine, y más en concreto sobre Hollywood, y cuando uno contempla como se desarrolla la trama, las idas y venidas de los protagonistas, especialmente las argucias, las mentiras y las trampas del personaje que encarna Kirk Douglas, no tiene ninguna duda que se trata de vivencias reales, de la cruel realidad del mundo del celuloide y comienza a practicar ese interesante juego de poner nombres y apellidos reales a los personajes que allí aparecen como de ficción. El jefe de estudio cínico y sin escrúpulos (Kirk Douglas), la actriz glamourosa (Lana Turner), el director de éxito (Barry Sullivan) y el guionista de prestigio (Dick Powell) encajan perfectamente con la realidad que se intuye del mundo del cine en la época de la película (1952).

Para muchos es ésta la auténtica obra maestra de Vicente Minelli, un director a quien se considera el padre de los musicales modernos pero que aquí demostró que su capacidad abarcaba mucho más que eso. Efectivamente, en el currículum de Minelli destacan películas como "Un americano en París" (1952) y "Melodías de Broadway 1955"(1953), pero también comedias como "El padre de la novia" (1950) y "Té y simpatía" (1956), o películas biográficas como "El loco del pelo rojo" (1956) por la que Anthony Quinn consiguió el Oscar al mejor secundario por su interpretación de solo 9 minutos de Paul Gauguin y, por supuesto, "Gigi" (1958), la película triunfadora en los Oscars de 1958 con nueve estatuillas, entre ellas al mejor film y al propio Minelli como mejor director. "Cautivos del mal" supuso dos elementos innovadores en la filmografía de Minelli; por un lado el haber filmado en blanco y negro, renunciando a uno de sus principales pilares de su idea como artista: el color, y por otro, el haber sido uno de los primeros directores que realiza un proyecto que muestra las miserias de la propia industria cinematográfica.

En la película destaca el excelente uso de los "flash back", la perfecta disección de la personalidad y la manera de actuar de Jonathan Shields, el personaje principal, sacando a colación temas tan trascendentes en el ambiente cinematográfico como la competitividad, la ambición, la megalomanía y la ética. Destaca la formidable fotografía de Robert Surtees, el mismo que intervino en "Ben Hur". La interpretación es magistral, destacando sobre todos, desde mi punto de vista, el trabajo de un inmenso Kirk Douglas en un papel que le va como anillo al dedo; muy bien Lana Turner como la actriz alcoholizada que resurge y Walter Pidgeon en su trabajo de productor implacable. Barry Súllivan encarna al director de cine y Dick Powell al guionista, ambos maltratados por Shields, siendo notable también la aparición de Leo G. Carroll, el "malvado" de "Recuerda", aunque quien se acabó llevando el Oscar fue Gloria Graham en su papel de esposa frívola y superficial de Dick Powell.

La película no deja de ser una gran metáfora y en ella se nos presenta a un Jonathan Shields (Kirk Douglas) carente de escrúpulos que traiciona y hace un inmenso daño a Fred Amiel (Barry Súllivan), Georgia Lorrison (Lana Turner) y James Lee Bartlow (Dick Powell), pero que, paradójicamente, ha convertido al primero de un pardillo que no se sabe manejar en un director de fama mundial, a la Lorrison de una mujer caída en el arroyo en una estrella del cine y al tercero de un acomodado escritor del sur en un guionista de nivel.

"Cautivos del mal" se llevó cinco de los seis Oscars a los que estuvo nominado; además del citado de Gloria Graham a la mejor actriz de reparto, obtuvo las estatuillas al mejor guión adaptado, la mejor fotografía en blanco y negro, la mejor dirección artística y el mejor diseño, ambos también en blanco y negro. Kirk Douglas, sin embargo, al igual que pasara con "El ídolo de barro" y "El loco del pelo rojo" se quedó con la simple nominación, y sólo en 1996 la Academia le reconoció con un Oscar honorífico.

Se trata de una de esas películas que uno está a dispuesto a ver las veces que haga falta.




12 de febrero de 2010

The Mamas & the Papas



Cuando en los programas de la tele de mediados los años 60, fundamentalmente el mítico "Escala en Hi-fi" y alguno equiparable a lo que en radio eran los 40 principales- se oía hablar del grupo norteamericano "The Mamas & the Papas" uno, en su ingenuidad infantil, imaginaba que se trataba de una especie de grupo familiar formado por matrimonios tradicionales, por señores y señoras equiparables a los que uno conocía en su propia familia o en la de sus amigos. La realidad no era propiamente así, y este conjunto que tuvo un importante éxito internacional en la época lo formaban cuatro jóvenes, John Phillips, Cass Elliot, Denny Doherty y Michelle Phillips, nada convencionales que fueron uno de los estandartes del Folk Pop californiano y, cuando eran entrevistados, los miembros de la banda reconocían abiertamente que en sus sesiones de grabación solía correr la marihuana.

Hoy tan sólo queda con vida Michelle, pues Cass falleció de infarto en 1974, John por idéntica causa en 2001 y Denny en 2007 a causa de unos problemas renales. La vida profesional de "The Mamas & the Papas" fue breve (1965-1968), pero fecunda, pues llegaron a sacar al mercado 5 álbumes, manteniendo hasta 10 cancioones en los primeros puestos de los hit-parades. Su primer éxito en España fue el tema "Monday, monday", que al cabo de los años sigue sonando a conocido, aunque posiblemente su canción más emblemática fuera "California Dreamin", escrita en 1963 por John y Michelle Phillips mientras vivían en Nueva York, inspirada por la nostalgia de Michelle por California; hay versiones de esta última a cargo de Jose Feliciano The Beach Boys, The Carpenters, The Four Tops, Melanie Safka, George Benson y R.E.M., entre otros.

Dejo constancia aquí de las dos canciones. Añado "Dream a Little Dream of Me", que se me había quedado en el tintero.








11 de febrero de 2010

Cómicos españoles: la ventaja de una cara de chiste



España ha sido siempre país de grandes cómicos, tal vez porque siempre nos ha gustado buscar la risa del prójimo, o a lo mejor ha sido la necesidad de ahogar las penas con las sonrisas o, vete a saber, si la razón radica en que en determinados momentos la vía del humor ha sido el único atajo disponible para decir según que cosas. La cuestión es que entre los actores españoles siempre ha habido unos cuantos que nos han hecho pasar momentos de auténtico regocijo. No es que en otros lugares del planeta no los halla: en Estados Unidos nacieron Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel, Oliver Hardy y Bob Hope, en Inglaterra el gran Charlie Chaplin, en Francia Fernandel y en Italia, Alberto Sordi, pero en nuestro país la lista es, desde luego larguísima.

Y puestos a pensar, que no es tarea desechable si se hace en dosis razonables, he caído en la cuenta de que nuestros cómicos más detacados, o al menos los que más me han llamado la atención, poseen como uno de sus caracteres comunes el tener cara de chiste: no se si porque es la suya de nacimiento o porque parte de su saber estar en escena tiene que ver con la habiilidad de poner en cada momento el gesto conveniente. Por ejemplo, el gran Pepe Isbert, a quien dediqué una entrada en exclusiva el pasado mes de mayo, era de una expresividad sobresaliente y ejercitaba unos gestos, unas miradas que te llevaban a la risa inmediatamente, aunque el cine que protagonizó Isbert tuviera mucho más de costumbrista que de cómico.

Si tuviera que elegir a un actor como el más repreentativo de la teoría que mantengo, pienso que optaría por Manolo Gómez Bur, un actor de los pies a la cabeza cuya aparición en escena, casi siempre cinematográfica, aportaba simpatía y, no se decirlo de otra manera, una "coña" espectacular. De un magnífico blog sobre actores y actrices titulado "Lady Filstrup " he sacado la siguiente definición de Gómez Bur que creo encaja maravillosamente en el personaje: "Su particular aportación al género cómico tal vez estribe en su capacidad para transmitir humanidad incluso a los personajes más deshumanizados. La más unidimensional caricatura (y, ciertamente, le tocó en suerte representar más de un rol de estas características) conseguía Gómez Bur dotarla de una calidad humana perceptible para el público. Cierta fragilidad, cierta delicadeza casi femenina mostrada en los ademanes de sus enclenques brazos o en el temblor de su insegura voz conseguía insuflar sentimientos y debilidades humanas al texto más romo y vulgar." . De Manolo Gómez Bur recuerdo muy especialmente "Tres de la cruz roja" (1961), de Fernando Palacios, que ví en el colegio de mi hermana y es un clásico del género, y también, entre muchas otras, "El grano de mostaza" (1962), de José Luis Sáenz de Heredia, "Las que tienen que servir" (1967), de José María Forque, compartiendo cartel con Conchita Velasco, Amparo Soler Leal, Laura Valenzuela, Alfredo Landa, José Sazatornil, Lina Morgan y Florinda Chico: todo un elenco¡ y "Las ibéricas F.C." (1971), de Pedro Massó. Manolo Gómez Bur, que era madrileño de pura cepa e interpretó en teatro a un inolvidable "Don Mendo", falleció en 1991 en Bailén a los 74 años víctima de un cáncer.

Y si hubo otro actor con posibilidades de rivalizar con el anterior, era aragonés y se llamaba Paco Martínez Soria; Martínez Soria era una de las habituales citas teatrales de las Fiestas del Pilar de Zaragoza y siempre se le ha encasillado en el papel de cazurro que representaba, por ejemplo, en "La ciudad no es para mí", (1965), de Pedro Lazaga, pero él era mucho más que eso: un actor con una soltura y un gracejo especial en el que esos gestos de los que hablaba antes llenaban la pantalla y se comían al resto de intérpretes. Las películas de Martínez Soria suelen ser de esas que uno disfruta viendo, por mucho que tenga un absurdo pudor en reconocer que se las ha tragado en "Cine de barrio": "Se armó el Belén" (1969) de José Luis Sáenz de Heredia, "Don erre que erre", del mismo año y director, en el que encarna a un tozudo espectacular, "Hay que educar a papá" (1971), de nuevo con Lazaga, en el que con Julia Caba Alba borda el papel de patán enriquecido con la venta de un melonar y "La tía de Carlos" (1981), de Luis María Delgado, donde se disfraza de mujer sin desmerecer un pelo a Dustin Hoffman y a López Vázquez. Había nacido en Tarazona y falleció de un ataque al corazón en Madrid a los 79 años.

También cabe encuadrar en este capítulo al Alfredo Landa que salía en las pantallas hasta el final de la época del "Landismo", ese momento en el que el actor navarro simbolizó un determinado tipo de español, machista y fanfarrón en el terreno sexual; esta etapa profesional se inicia en 1970 con "No desearás al vecino del quinto", de Ramón "Tito" Fernández, y que tuvo continuidad con "Vente a Alemania, Pepe" (1960) y "París bien vale una moza" (1972), de Pedro Lazaga y "Los pecados de una chica casi decente" (1975), de Mariano Ozores. Anteriormente había protagonizado otras películas en las que también destacó su expresión cómica como "Amor a la española" (1966), de Fernando Merino, "Novios 68" (1967), de Pedro Lazaga, "Los que tocan el piano" (1967), de Javier Aguirre y "Cateto a babor" (1970), de Ramón Fernández. A partir de "El puente" (1976) Landa muestra sus posibilidades más dramáticas y borda papeles como el de "Los santos inocentes" (1984), de Mario Camus, "El bosque animado" (1988), de José Luis Cuerda y "Canción de cuna" (1994), de José Luis Garci. Landa debuta profesionalmente en el cine en 1962 de la mano de José María Forqué, con el célebre "Atraco a las 3"; el propio actor ha explicado en alguna ocasión que Forqué le citó en la Casa de Campo de Madrid y le dijo: "siéntate y pon cara de susto y después vete a casa".

Antonio Ozores y Toni Leblanc son otros dos habituales de las películas españolas de los 60 y 70; Ozores pertenece a una familia vinculada al cine: uno de sus hermanos, Mariano, fue uno de los directores más prolíficos del cine español de la época, mientras su otro hermano José Luis fue un actorazo cuya carrera quedó truncada por su prematura muerte; su hija Emma es una de las actrices importantes del momento. Ozores tiene auténtica cara de chiste y le van los papeles de tío que no se entera, de ingenuo torpón, de individuo despistado. Es característica su forma de hablar precipitada, con un lenguaje atropellado, casi ininteligible. Su tarea en cine es amplísima, destacando, entre otras, "Historias de la televisión" (1965), de José Luis Sáez de Heredia, "¡Cómo está el servicio!" (1968) y "Dos chicas de revista" (1972), ambas de Mariano Ozores. Toni Leblanc gozó en su momento una fama notable, entre otras razones por sus caracterizaciones en TVE: "Kid Tarao", "Cristobalito Gazmoño", ... Leblanc, que en realidad se llama Ignacio Fernández Sánchez, destaca tanto por su capacidad de gesticular como por el especial tono de voz que utiliza; intervino en títulos entrañables del cine español de los 60: "El Tigre de Chamberí" (1957), de Pedro Luis Ramírez, "Muchachas de azul" (1957), "Los tramposos" (1959) (ambas dirigidas por Pedro Lazaga), "Las chicas de la cruz roja" (1960), de Rafael J. Salvia y "El astronauta" (1970), de Javier Aguirre. José Luis López Vazquez podría incluirse entre estos clásicos, hace tiempo hablé de él tras su fallecimiento y, como Landa, evolucionó hacia papeles de más dramatismo.

En el capítulo de actores con "cara de chiste", no puede faltar José Sazatornil, "Saza", un actor que con su calva y su bigotillo se ha hartado de realizar personajes peculiares, todos ellos con enorme acierto. De Saza tengo dos anécdotas, la primera, el hecho sorprendente de que en los 70 corrió por la prensa la noticia de su fallecimiento, algo que, por fortuna, resultó ser un macabro error; la otra se refiere a una ocasión en la que coincidí con él y su mujer en un viaje de Barcelona a Madrid en uno de esos viejos Talgos, ambos iban en el asiento contiguo al mío y pude comprobar su lado humano, pues daban la oscarizada "La vida es bella" y observé como en alguna ocasión el actor mojaba la pestaña. Sazatornil, que también bordó en su día el papel de Don Mendo, destacó en películas como "Carola de día, Carola de noche" (1969) de Jaime de Armiñán, "La escopeta nacional" (1978), de Luis García Berlanga, "Espérame en el cielo" (1988), de Antonio Mercero y "Todos a la cárcel" (1993), también de Berlanga. José Sazatornil nació en Barcelona, y cuando uno le ve se imagina a esos señores de derechas que dibuja Forges.

En los 70 había una serie de TVE titulada "El último café", estaba escrita por Alfonso Paso y sus guiones solían ser bastante intrascendentes; el escenario fijo era una antigua cafetería, estilo "Café Gijón", y el papel de camareros lo desempeñaban dos actores ya fallecidos a los que les venía como anillo al dedo eso de la "cara de chiste"; uno de ellos era Antonio Garisa, un zaragozano que llevaba la "coña" pintada en el rostro. Yo le recuerdo en una película de "Sesión de Tarde" titulada "La cesta" (1965), de Rafael J. Salvia, en la que interpretaba al rico del pueblo que pretende hacerse con todos los boletos de la rifa de una cesta de Navidad y se encuentra con la oposición del tonto del pueblo que se niega a venderle el suyo; otras películas en las que aparece son "Esa pareja feliz" (1951), de Berlanga, "El gafe" (1959), de Pedro Luis Ramírez, "Torrejón city" (1962), de León Klimovsky y "El marino de los puños de oro" (1968), de Rafael Gil. El otro camarero era Valeriano Andrés, un madrileño que solía hacer personajes de hombre ingenuo y tontorrón; lo más peculiar de este actor era su voz, de tono alto y maneras francamente cómicas. Andrés, al igual que Antonio Garisa, hizo abundantes papeles en teatro y televisión, destacando entre sus intervenciones en cine "Historias de la televisión" (1965), de José Luis Sáenz de Heredia y "Crimen imperfecto" (1970), de Fernando Fernán Gómez. Valeriano Andrés también trabajó como actor de doblaje, destacando por encima de todos la voz que puso a Fred Gwynne en Los Munsters.

Juanjo Menéndez tiene que ocupar también un lugar preferente entre los cómicos de lujo; era, como los anteriores, un hombre expresivo y genial. Le recuerdo en la tele de mi infancia haciendo los papeles protagonistas de dos series de éxito: "Angelino Pastor", de Cayetano Luca de Tena e "Historias de Juan Español", sin olvidar sus excelentes interpretaciones cómicas en "625 líneas" junto a Jesús Puente, con el que protagonizó la serie "El español y los siete pecados capitales" (1980), con guión de Fernando Díaz Plaja. De su trabajo en cine cabe destacar películas como "Historias de la radio" (1955), de José Luis Sáenz de Heredia y "Sor Citroën" (1967), de Pedro Lazaga, sin olvidar que también intervino en la mítica "Tristana" (1970), de Buñuel. Menendez, que murió víctima del Alzheimer en 2003, es otro de los que hizo el papel protagonista de la obra maestra de Muñoz Seca "La venganza de Don Mendo".

Podría hablar d emuchos otros, como Venancio Muro, que también fue camarero del "Último Café" y murió prematuramente de cáncer, o Alfonso del Real, un tipo bajito y regordete que siempre andaba de broma, Erasmo Pascual, afortunado marido de Rafaela Aparicio, Paquito Cano, el entrañable y recordado "Locomotoro", Cassen -Casto Sendra-, otro catalán con salsa también desaparecido demasiado joven, Jesús Guzmán, el cartero de "Crónicas de un pueblo", una cara de chiste en toda la regla, e incluso, si entramos en el mundo de la revista, Juanito Navarro o Zori, Santos y Codeso. Estoy seguro de haberme dejado unos cuantos en el tintero, por eso espero que alguien aporte algún nombre que haya quedado injustamente omitido.