31 de marzo de 2010

La mirada ceñuda



En tu caminar por la vida te cruzas, con cierta frecuencia, con miradas ceñudas; en la calle, en un establecimiento comercial, en la estación del tren, ... te da la impresión de que algunas personas te miran mal, como si les produjeras resquemor, o les cargara enormemente no se sabe si tu aspecto, tu vestimenta o hasta tu sonrisa. No hablo de seriedad, de timidez, ni siquiera de enfado ... hablo de esos ojos que recriminan, que juzgan, que te hacen ver que no haces gracia, que incluso molestas.

Existe la mirada ceñuda del amargado, de esa persona a la que duele más la felicidad ajena que la desgracia propia; ojos pesimistas, negativos, ansiosos de encontrar razones para la queja, para el reproche. Miradas que no entienden los sonidos a veces explosivos del juego infantil, ni el entusiasmo de quien disfruta de un momento especial ni la satisfacción de un encuentro inesperado o un acontecimiento notable.

Y también he visto la mirada ceñuda del perfeccionista, de quien todo lo valora y lo pasa por el tamiz estrecho del rigorismo; en este caso los ojos recriminatorios suelen ir unidos a la incapacidad de entender la condición humana, de comprender que no hay negro sin gris, ni gris sin matices; son los ojos de quien funciona a peñón fijo, al mismo tiempo que su propia mirada le vuelve ciego para ver más allá de sus propias obsesiones.

En el cine han brillado -por decirlo de alguna manera- unas cuantas miradas ceñudas, como la de Judith Anderson en su papel de Mrs. Danvers, la estricta y paranoica ama de llaves de Manderley en la película "Rebeca", una mirada que mezclaba el odio a quien suplía a su idolatrada señora y una indiscutible incapacidad para comprender y ayudar; o la mirada de Conrad Veidt, el Mayor Strasser de la Luftwaffe en "Casablanca", que no soporta escuchar la "Marsellesa" y cuya mirada contrasta con la serena e irónica de Bogart, la dulce y esperanzada de Ingrid Bergman o la pícara de Claude Rains.

Hay muchas actitudes que nos pueden ensuciar la mirada: la envidia del triunfo o la belleza ajenas, el egoísmo que nos encierra únicamente en nuestros problemas, el orgullo de creernos más que otros, la codicia que nos vuelve permanentemente insatisfechos de nuestros logros o la simple estupidez de andar por la vida mirando al resto con visión panorámica. Uno se pone a reflexionar y desearía borrar de su vida las veces en que ha perdido el tiempo utilizando una triste mirada ceñuda.


11 comentarios:

annemarie dijo...

Hallelujah! como decía ayer tu cantor, el goear funciona de nuevo en mi ordenador! Misterios de la naturaleza... :)) No había pensado nunca en esa posibilidad, de que pasar por la vida mirando al resto con visión panorámica :)) pueda ser esa cosa tan familiar, la sencilla estupidez. :))

Modestino dijo...

Hay gente que, desde distintas perspectivas, pasa por tu lado -y por el lado del resto- mirando como si lo supiera todo, lo hubiera hecho todo y no existiera mácula en su expediente vital ... creo que sí, que la palabra estupidez les viene como anillo al dedo.

Mariapi dijo...

Todas las miradas ceñudas que has descrito, pueden ser la mía en algún momento. Yo también lo lamento.Todas tienen un punto en común, que sólo tienen ojos para uno mismo. Gracias, como siempre, das en el clavo.

Modestino dijo...

Efectivamente, todas esas miradas pueden ser la nuestra en determinados momentos, pero hay personas incapaces de darse cuenta y su ceño fruncido es permanente.

ana dijo...

... verdadera y auténtica estupidez. Cierto. Y sin embargo, todo eso podemos ser... y mucho más.

Como siempre... tirón de orejas. Que yo llevo unos días... ainsss. Ceño tras ceños... y no puede ser, no.

Un abrazo.

Modestino dijo...

Las circunstancias de la vida: preocupaciones, disgustos, enfados, dolores de muelas, ... nos pueden hacer tener el ceño fruncido, pero esto es humano, ... yo me refiero más a la mirada torva -quizá ese debía haber sido el título de la entrada-, a esa mirada que supone una actitud permanente ante la vida.

Ana, tirones de orejas no estoy en condiciones de darte ni a tí ni a ninguno de mis amigos del blog.

Sunsi dijo...

Vine bien recordar las veces que yo también he mirado así.
Ceñuda cuando me enfado... Pero creo que un tipo de ceño que describes me sale sólo muy de tarde en tarde.Y lo tenía bien acentuado. "¡¡¡Esto
es blanco!!! ¡¡¡Esto es negro!!!
¡¡¡Te equivocas!!!". Impertinencia y dureza de corazón.

Luego la vida te va dando antídotos. Es curioso que generalmente han sido reveses para que me dé cuenta de que soy falible, de que detrás había mucha falta de caridad, de comprensión, de amor a los demás.

Cuando miras hacia atrás das las gracias por haberte caído con todo el equipo y haber tragado polvo.
Menos mal. Insoportables miradas ceñudas que juzgan, que creen saberlo todo, que suponen estar en posesión de la verdad. Menos mal que Dios es bueno y te da un zurra a tiempo.

Gracias, Modestino.

Modestino dijo...

Sí, la vida te ofrece antídotos, aunque hay quien no se da por enterado. Insisto: todos nos enfadamos, pero hay quien mantiene la mirada torva.

Noemí Baneem dijo...

Nadie nace con la mirada torva... Esas personas que vemos, quizá deberíamos preguntarmos qué les ha llevado a llegar a ese estado... Nuestro pasado afecta y forja nuestro caracter en el presente... Creo que nosotros somos afortunados de darnos cuenta de sus miradas y de las nuestras, y más afortunados de poder corregirlas. Aquel que ves con mirada por ejemplo de envidia, realmente estás viendo tambien la tuya, deberia darte pena, porque él o ella no se da cuenta y tu si. No quiero ni justifico nada, sé que existen esas miradas, pero si creo que, no son los ojos con los que te miran sino los ojos con los que miras tú.

Modestino dijo...

Tu reflexión es profunda, Noemí, y pone el acento en la otra parte de la moneda que quizá a mí se me pasó: sí que es bueno ponerse en el lugar del otro y encontrar la razón de las conductas y, con ello, de las miradas.

Pero, aunque el pasado, nuestra historia personal, pueda condicionarnos y hasta marcarnos, no tiene porque haber ese determinismo que lleve necesariamente a mirar mal al mundo; podemos ser capaces de superar nuestros traumas.

Y pensando en tu comentario, me ha venido a la cabeza, no se porque, otro planteamiento, el contrario, el de las miradas postizas, cuando aparentamos ante alguien un aprecio o una simpatía que no tenemos, que en eso también podemos caer.

veronicia dijo...

Si los ojos son el espejo del alma quien sabe leer en ellos lee en nuestro interior. Por desgracia nadie se toma tiempo en leer esas miradas con detenimiento y diferenciarlas. Cuando el enfado, la indignacion o el aprecio no son verdaderos la mirada tampoco lo es, pero casi lo parece... al final tampoco una mirada es suficiente y solo nos damos a conocer por lo que hacemos.
Me ha encantado esta entrada, y todas vuestras reflexiones.