14 de diciembre de 2009

Callejear



Me gusta callejear, y no se porqué; incluso hay quien se sorprende de ello y considera que el hombre debe ser sociable por naturaleza y resulta raro eso de andar solo por la ciudad. Pero, en ocasiones, ese andar en solitario, sin tener ni siquiera un destino determinado, se convierte en una manera de desintoxicarse, de despejar la cabeza, de soltar lastre. Evidentemente un paisaje de montaña, una puesta de sol en el mar o un paseo nocturno por París tienen mucho más de encanto para los sentidos, pero éstas son cosas que no tienes todos los días al alcance.

La calle te pone en contacto con los demás humanos, cuando menos con los más próximos, y aunque te cruces con cientos de desconocidos, siempre habrá un nexo de unión con las señoras del visón que ocupan demasiada acera, la parejita de adolescentes que se hace cucamonas sin disimulo, el matrimonio que discute al salir de una tienda donde al parecer ella ha desenfundado en exceso la VISA o la chica que pasea orgullosa a su primer vástago en el cochecito recién estrenado; casi sin quererlo te conviertes en testigo de la vida ajena, en guardián de sus costumbres, en cómplice de sus transgresiones.

A veces uno busca las calles estrechas, que con frecuencia aportan cierto aire de misterio, de tensión contenida, muy especialmente si se trata de esos inviernos en que anochece pronto e incluso baja la niebla; acabas encontrando cierto encanto en el silencio de esas calles, en la intimidad de sus portales opacos, en el exclusivo sonido de tus pisadas. Y vas descubriendo las luces que interrumpen ocasionalmente la oscuridad: la minúscula tienda vacía, el bar en el que cuatro desocupados matan la tarde, una academia de medio pelo, una librería de lance, cualquier negocio de esos que regentaron muchos y a ninguno les fue bien.

Pero hay ocasiones en las que el ubi es más imponente, en el que dominan las luces de Navidad, los escaparates de lujo, los edificios con apellidos, las fachadas cualificadas, ... paseos que uno busca para deleitar los sentidos, para sentirse a gusto, propios de momentos de serenidad, de paz interior, hasta de euforia. Callejear entonces es algo más que descargar tensiones, es adquirir aire, reforzar seguridades, encontrar, de una u otra forma, la belleza, el arte que es capaz de crear el hombre y la propia mano de Dios en el mundo. El Paseo de Recoletos, el Paseo de Gracia, el nuevo Bilbao, el centro de Oviedo, el Paseo de la Independencia, ... hay tantos sitios de España donde uno puede encontrar ese estilo, esa etiqueta distintiva.

Salir a la calle en determinados lugares te permite también enfrentarte con la historia, volver a pisar el mismo suelo que pisaron los soldados de Flandes, los conquistadores de América, los moros que vivieron 8 siglos, los escritores clásicos, los pintores del Siglo de Oro, los Habsburgo y los Borbones, los pícaros y los nobles, ... Porque ¿quien desprecia perderse por Toledo, Cáceres, Segovia, Córdoba, Sevilla, Salamanca, Girona, Burgos o León, y observar catedrales, museos, iglesias, fachadas, puentes y universidades sin más explicación que la que nos da el instinto ni más guía que nuestra propia necesidad de conocer y contemplar?.

Uno se puede encontrar con la paradoja de que pasear por las calles, con frecuencia repletas de gente, no es más que el desahogo de la necesidad que surge a veces de estar solo, el ansia de esa soledad buscada, deseada y necesaria. Junto a la compañía de tantos que se cruzan contigo, de nombre ignorado y presencia instantánea, que son compañía efímera y desconocida, uno camina consigo mismo, a la vez que se topa con quienes no acaban siendo más que testigos de esa soledad añorada.

¿Por qué paseamos?, ¿qué hay detrás de ese "dar una vuelta", "tomar el fresco", "echar un garbeo" que hemos dicho y escuchado tantas veces?; podríamos elucubrar mil teorías, pero posiblemente ninguna dé en el clavo, tal vez porque todas tendrían parte de razón y ninguna la tendría del todo.



11 comentarios:

Sunsi dijo...

Lo has descrito tan bien, que la lectura de este post es lo más parecido a callejear en la vida real. Me ha gustado mucho. ¿Por qué callejeamos? A veces para escapar, otras para encontrarnos, muchas para observar. Toda la gente que se cruza en la calle es alguien. No sé si a ti te sucede... Yo me encuentro muchas veces iventándoles una historia con los pocos datos que aportan...

Caigo en la cuenta de que callejeo poco. Gracias por el post. Habrá que recuperar esta sana costumbre.

Un saludo desde Tarraco

Modestino dijo...

Yo en Tarragona he callejeado muchísimo: la Rambla Nova, la Vella, Prát de la Riba, Gasómetro, Apodaca, el Paseo Marítimo, la Plaza de la Font, la parte vieja, la Torre de Pilatos,... Incluso calles para mí más inhóspitas como Jaime I o la calle Real.
Cada rincón, un recuerdo.

Anónimo dijo...

Es verdad que hay días que apetece salir a pasear.Sin prisas, sin horarios.
A tí te gusta ir solo, a mí con gente con la que tengo tanta confianza que puedo ir pensando en mis cosas, sin la obligación de mantener una conversación solo por cortesia.
Todas las ciudades tienen zonas bonitas para andar, en Barcelona, más que por el Paseo de Gracia a mí me gusta el Barrio Gótico.
Pero hoy precisamente, hace tanto frio que se está mejor en casa a pesar de que con las luces de Navidad está todo muy bonito.

Modestino dijo...

El Barrio Gótico de Barcelona está a la altura de los mejores cascos históricos, sin ningún género de duda.

ana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ana dijo...

Callejeamos.

Para mí es como colocar armarios. Se buscan recovecos, huecos, estancias, colocas cosas... Callejeas y encuentras avenidas, calles, atajos... colocas e inventas rutas nuevas.

Y el cerebro a su manera, hace lo mismo. Por eso pienso yo que me gusta tanto callejear. Sola. O acompañada por esas personas que no oyen el ruido de mi silencio...

Modestino dijo...

Que gran compañía la de quienes no oyen el ruido de nuestro silencio¡

FRANK dijo...

Hola, Modestino! No pasas frío paseando tanto?

Modestino dijo...

Siempre que vayas bien abrigado el frío hasta tiene su encanto. Cualquier escena navideña en la calle resulta atractiva, y al menos yo no entiendo una Navidad sin frío.

ana dijo...

Frank... se ve que callejear no es lo tuyo... si paseas ligerito, y abrigado... ese frío que se puede sentir se convierte en un perfecto aliado. No lo llegas a sentir...

jajajajaja. Te lo dice una de León.

Maite dijo...

En mi caso, sólo consigo "callejear" cuando me siento en determinado estado de ánimo. DE adolescente, lo hacía por la bahía de La Concha o por el Paseo Nuevo de San Sebastián, pernsando en mi futuro, en lo que me depararía la vida, en el chico que me gustaba....
He callejeado mucho en la vida y por muchos sitios pero siempre ha sido para "pararme a pensar", cosa que no es facil hacer a menudo.
Callejear es, para mi, pasear para recorrer, no para llegar rápidamente a un destino.
Es mi primera entrada en este blog y me ha gustado mucho.
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