2 de abril de 2009

El partido en el que ganamos todos



El Campeonato Mundial de Fútbol celebrado en España en 1982 constituyó todo un acontecimiento en nuestro país. Una nación esencialmente futbolera como la de España tenía la ocasión de ser la protagonista del mayor evento de este deporte tras tantos años de aislamiento internacional y fracasos en el terreno de juego. El Mundial de España tuvo dos aspectos negativos, uno de ellos el enorme error de la mascota, "Naranjito", toda una muestra del topicazo hortera nacional, y el otro, mucho más grave, la decepcionante actuación de nuestra selección, dirigida por José Emilio Santamaría, que pasó a duras penas, y con ayuda arbitral, la primera ronda, para caer en la siguiente, con un juego pobrísimo y convirtiéndose en la selección anfitriona con actuación más decepcionante en la historia reciente de los mundiales.










Todo lo demás fue una gozada de espectáculo, fútbol, ambiente y diversión conjunta. La mera evocación del Mundial me trae a la cabeza un montón de recuerdos, aunque si tuviera que elegir uno me quedaría con el maravilloso partido disputado en Barcelona entre las selecciones de Brasil e Italia que cerraba y decidía el grupo segundo en la 2ª fase y dio lugar al pase a semifinales de quien luego sería campeona, la selección italiana. El partido se celebró en el hoy desgraciadamente derribado estadio de la Carretera de Sarriá, ubicado en el centro de Barcelona, en torno a la Ronda del General Mitre, donde jugaba sus partidos el Español y con miles de horas de historia futbolística en su césped y en sus grada.













La "squadra azzurra" llegaba a la segunda fase tras haberse clasificado por los pelos en unos primeros tres partidos en los que no pasó del empate; estuvo encuadrada en el Grupo A y se limitó a cubrir el expediente empatando a cero con Polonia y a uno con Perú y Camerún. El juego italiano fue duramente criticado, si bien ya en la segunda fase comenzó a demostrar su categoría y se presentaba ante los favoritos brasileños con el aval de su gran triunfo ante la Argentina de Maradona, en un encuentro que dominó de principio a fin y que pasará a la historia por el agresivo marcaje al que sometió Claudio Gentile al astro argentino. La columna vertebral de los transalpinos estaba formada por cuatro jugadores verdaderamente excepcionales: el meta Dino Zoff, quien a sus 40 años seguía siendo un valladar y una garantía bajo los palos de la Juventus y de la selección; el elegante y duro líbero Gaetano Scirea, compañero de equipo del anterior y de una regularidad asombrosa, que fallecería años después en un trágico accidente en Polonia; el "bello" Antognoni, un diez de los que hacen época, capitán y figura indiscutible de la Fiorentina y dotado de una técnica exquisita y unas dotes de organización envidiables y el goleador Paolo Rossi, un ariete de una gran movilidad y un olfato de gol único, que había sido sancionado años antes por su implicación en el escándalo de las apuestas clandestinas que salpicó a su equipo de entonces, el Lanerossi de Vicenza, y que tras fichar por la Juve había sido rehabilitado para convertirse en la gran figura del Mundial y máximo goleador del mismo.

El resto de jugadores respondían a lo habitual en los italianos: gente comprometida, con disciplina y fuerza física y capaces de todas las artimañas necesarias para llevarse el gato al agua en un partido. En el Mundial tuvieron intervención destacada, además de los antes citados, dos hombres en especial: el lateral zurdo de la Juventus Antonio Cabrini, un excelente carrilero, duro atrás y con capacidad ofensiva, en la líneas de los grandes laterales izquierdos que ha dado en las últimas décadas el fútbol italiano (Paolo Maldini, Grosso, ...)y el extremo derecho Bruno Conti, jugador de la Roma uy una de las revelaciones del campeonato, que jugaba apoyando al centro del campo y que destacaba por su movilidad; el resto del equipo titular lo formaban el durísimo lateral derecho Claudio Gentile, que también jugaba en la Juve y Fulvio Collovati, un espigado central que acababa de ser vendido por el Milán al Inter, en medio campo dos auténticos "currantes", Marco Tardelli (Juventus) y Gabriele Oriali (Inter) y en la delantera, el peleón ariete de la Fiorentina, Francesco Graziani, un perfecto complemento de Rossi. También tuvieron su papel en el Mundial los centrocampistas del Inter Giampiero Marini y Giuseppe Bérgomi, el ariete del mismo equipo Alessansdro Altobelli, que marcaría el tercer gol italiano de la final y el veterano Franco Causio, un extremo muy´hábil que entonces militaba en Udinese. Entrenaba a los azzurros Enzo bearzot, un estratega formidable.

Frente al orden, la disciplina, la fortaleza física y la eterna picaresca italiana, Brasil oponía el equipo de más calidad que aportaban los cariocas desde que Pelé, Jairzinho, Tostao y cía barrieron a todos en México-70. Su primera fase había sido un paseo y la había saldado con triunfos ante la Unión Soviética (2-1), Escocia (4-1) y Nueva Zelanda (4-0), mientras que en su primer partido de la segunda fase había pasado por encima de Argentina (3-0), que acabó desquiciada y con Maradona expulsado por agredir a Joao Batista. Brasil, acompañado por una espectacular afición y con el apoyo de los españoles, se había convertido en la gran candidata al triunfo final. Pero, a diferencia de los italianos, la fuerza de Brasil no estaba en una columna vertebral brillante y equilibrada, sino en la tremenda calidad de sus tres centrocampistas ofensivos. Su gran figura, y posiblemente el mejor jugador mundial de la época, era su número 10, Zico, el "Pelé blanco", estrella del Flamingo y que marcó una época en el fútbol brasileño; jugador de una elegancia sublime y con dotes de mando, creación y definición, verlo jugar era todo un espectáculo; curiosamente su aventura europea se limitó a dos años en el Udinese. A Zico le acompañaban en la línea de creación de la selección carioca dos auténticos cracks: Sócrates, doctor en medicina, un jugador altísimo, con una visión de juego excepcional y una enorme habilidad con los pies que jugaba en el Corinthias brasileño y que, como Zico, tuvo una experiencia europea breve: un año en la Fiorentina y Paulo Roberto Falcao, un jugador que la Roma había comprado años antes al Internacional de Porto Alegre y que había conseguido que el equipo romano recuperara su esplendor, obteniendo el scudetto; Falcao tenía un juego alegre y dinámico, era combativo y poseía un disparo excelente.

Los brasileños tenían otros jugadores de primer nivel, entre los que destacaban el lateral izquierdo Junior, que acabó siendo uno de los mejores del torneo, muy ofensivo y con buen disparo, que jugaba en Flamingo, el volante Toninho Cerezo, un centrocampista distinto a los que solían destacar en Brasil, con una gran capacidad de trabajo y que militaba en el Atlético Mineiro donde también jugaba Eder, un extremo zurdo que había destacado hasta entonces tanto por su tremebundo disparo con la izquierda como por haber posado desnudo en la revista "Play Boy". Brasil tenía un sistema de juego en el que primaba el ataque, lo que favorecía la vistosidad, pero perjudicaba la seguridad defensiva, algo que acabarían pagando gravemente. Su portero Valdir Peres (Sao Paulo) y los centrales Oscar (Sao Paulo) y Luisinho (Atlético Mineiro) no estaban a la altura de sus compañeros, mientras que el lateral derecho Leandro (Flamingo), al igual que Junior, era mejor atacando que defendiendo. Otra gran limitación de Brasil era el ariete Serginho (Sao Paulo), un auténtico armario, lejísimos del nivel de jugadores como Jairzinho, Leivinha o Roberto Dinamita que le habían antecedido en la vanguardia carioca. Al final, el mister carioca solía preferir optar por un media punta habil y rápido como Paulo Isidoro (Gremio Porto Alegre). Entrenaba a Brasil Tele Santana, un hombre que no pudo sacar partido de los mejores jugadores del mundo., aunque tenía unas grandes condiciones como director de equipo.


El encuentro se desarrolló en un ambiente espectacular; la "torçida" brasileira daba un colorido impresionante y desde el primer momento se vio que nadie iba a dar su brazo a torcer y que a la calidad de la "canarinha" los italianos oponían sus mejores armas elevadas al quíntuple. Los de Bearzot tuvieron el acierto de conseguir ir siempre con ventaja en el marcador y el tener que remontar pesó en exceso en los sudamericanos. El primer tiempo acabó con ventaja italiana por 2-1, con dos goles de oportunismo de Paolo Rossi, el primero (5') al cabecear un centro de Cabrini y el segundo (25') al aprovechar una pifia monumental de Junior, marcando Sócrates (12') un provisional empate tras una jugada de Zico de "dibujos animados". Brasil tocaba la pelota de maravilla, pero los transalpinos defendían con uñas y dientes y se habían mostrado implacables a la hora de aprovechar sus oportunidades. El segundo tiempo fue de una intensidad inolvidable; el equipo de Santana no cejaba de intentar equilibrar de nuevo el marcador y al final lo logró con un disparo precioso de Falcao (68'). Casi todos los que seguíamos el encuentro en una tarde calurosa de julio, imagino que con excepción de los italianos, pensamos que el empate carioca daría lugar al desmoronamiento del rival y el triunfo final de los tricampeones del mundo, pero no fue así y de nuevo Paolo Rossi (74') aprovechaba la endeblez de la defensa rival y marcaba tras una melee en el area brasileña ocasionada por un corner que había botado Conti, consumando un "hat trick" que haría historia, mandaría a los grandes favoritos a su casa y abriría las puertas al tercer título a su selección. Aunque los brasileños lo siguieron intentando hasta el final, el marcador ya no se movió, habiendo incluso un gol anulado a Antognoni. y acabando los amarillos perdiendo los papeles con nervios y excesos de individualismo, en especial de su extremo Eder que se dedicó a disparar desde cualquier distancia.

Recuerdo que la derrota brasileña supuso una cierta decepción; el fútbol que desplegaban los cariocas era verdaderamente primoroso y su capacidad goleadora demoledora, pero de cualquier manera, quedaba la satisfacción de haber presenciado un espectáculo futbolístico de primerísimo nivel, con un triunfo italiano que nadie podía discutir. En definitiva, un consuelo para una afición española que se había llevado un fiasco mayúsculo con su selección.






Nota del autor: soy consciente que estos ladrillos de futbol no entusiasman precisamente a la mayoría, pero no lo puedo evitar y anoche me lo curré un montón...

8 comentarios:

Jorge Orús dijo...

¡Madre mía! Aquel fue "el partido". Lo he visto varias veces repetido y creo que a Italia se la juzga -como casi siempre- con injusta severidad. Jugó más y mejor de lo que su carácter canchero nos hace recordar. Pero le suele suceder.Cierto que a veces exasperan, pero si repasamos las italias que han sido, no son precisamente equipos de tuercebotas

Modestino dijo...

QUe conste que a mí me gusta el fútbol italiano y que al finalizar el partido no tuve duda de que la victoria fue justa. Simplemente sentí la derrota brasileña porque era dejar de ver a unos fenómenos. Debió haber sido la final.

Antognoni, Tardelli, Scirea, Rossi, Conti, ... efectivamente eran técnicamente muy buenos.

Mazzola, Rivera, Facchetti, Baressi, Donadoni, Ancelotti, Giannini, Zola, Baggio, Del Piero, ... son argumentos fuertes a tu favor.

Sunsi dijo...

Curradísimo, Modestino. Lástima que no me guste el fútbol.
Saludos

tommy dijo...

Tu esfuerzo merece un reconocimiento, querido Modestino, guste o no guste el fútbol. Te lo has currado tanto como el tributo a Maurice Jarre.

Aún recuerdo a Pelé, que hacía de comentarista deportivo del Mundial para algunos diarios, cantando las maravillas de la selección de su país mientras iba ganando los partidos. En la víspera del encuentro con Italia aún pensaba que Brasil iba a imponerse con autoridad y todo eso, y luego... pues ya sabemos lo que pasó. No debió sentarle muy bien, porque el título de su crónica anterior a la final fue muy llamativo: "Italia no puede ganar el Mundial". Y también sabemos lo que pasó.
Cuando le he visto estos últimos años haciendo anuncios de TV contra la disfunción eréctil ("yo en tu lugar iría al médico", como dando a entender que a él no le hace falta) no he podido evitar acordarme de estas crónicas. Ay, Modestino, qué jóvenes éramos en el 82. Yo estaba terminando cuarto de carrera...

Modestino dijo...

No sabía eso de Pelé .... los brasileños siempre pensando en lo mismo.

1982 era el primer verano de mi preparación d eoposiciones; recuerdo que me tragué bastantes partidos.

Modestino dijo...

Respecto al comentario de Pelé, tengo que añadir que me parece radicalmente injusto. El torneo desarrollado por la "squadra azzurra" fue brillante y ascendente. Alemania llegó a la final más por tesón que por juego y su estrella Karl Heinz Rummenigge -posiblemente el mejor jugador mundial del momento junto a Zico- anduvo renqueante todo el torneo.
A la final mereció llegar, en mi opinión, Francia que tuvo una mala suerte tremenda en semifinales frente a los teutones. Michel Platini, el gran ídolo francés hizo maravillas y con el practicaron un fútbol de muchísimos quilates Tigana, Giresse, Tressor, Genghini, Síx, Rocheteau, ... A partir de ese Mundial Francia se convirtió en un grande.

Brunetti dijo...

He de reconocer que siempre me había gustado la Selección italiana (y los equipos italianos, en general, a pesar de la mala prensa que siempre les precede), pero desde aquel partido de Sarriá, me convertí en un tifosi más.

Días más tarde, en la final, disfruté más que el mismísimo e inolvidable Sandro Pertini. Por cierto, en esa final, como bien recordarás, Marco Tardelli marcó el gol mejor celebrado y mejor cantado de la historia del fútbol. Aún me emociono cuando lo vuelvo a ver.

Salu2.

Modestino dijo...

Gracias por salvar una omisión imperdonable como la referencia a Sandro Pertini: inolvidable la imagen del viejo político italiano celebrando cada gol de su selección con naturalidad y alegría.

E inolvidable la celebración de Tardelli.