8 de abril de 2009

De sobriedades y miserias


La sobriedad, la templanza, ... son virtudes y como tales, dignas de alabar; la pobreza evangélica, no es sino una de las maneras de seguir la huella marcada por Jesucristo en el Evangelio. Lejos de mi intención y de mi deseo poner en entredicho a quien se esfuerza por ejercitarlas, y menos aún cuestionar el ahorro, el vivir sin dispendios y demás situaciones lógicas en momentos de crisis y necesarias para muchos que por situaciones laborales, cargas familiares u otras causas tienen que vivir ajustándose el cinturón y calculando los gastos. Pero el ejercicio de cualquier virtud tiene que ser siempre amable, al menos para los demás, y corremos el peligro de que, pretendiendo ser virtuosos, nos quedemos en meros cumplidores de reglamentos que acaban convirtiendo la virtud en manía y su práctica en obsesión.

Una de las imágenes más patéticas que uno se puede encontrar es la del "miserable" que calcula obsesivamente cada gasto, mide el que hacen los demás y tiene una capacidad de prever tal que parece llevar encajada en su cabeza, como si fuera un postizo o un injerto, una máquina registradora. Suele tratarse de personajes enfermizos, frecuentemente influenciados por una educación rígida, experiencias mal encajadas o enseñanzas mal asimiladas. Poco que ver tiene con la bondad y el buen hacer el ejercicio de la "ranciedad", la apología de lo cutre y la concupiscencia de lo gratuito.

Aunque no tengo hijos y no soy, ni de lejos, un experto en educación, me hallo entre los convencidos de que a los niños hay que educarlos en la sobriedad, sin acostumbrarlos a lujos que les perjudican ni a gastos que puedan hacerles pensar que el dinero es algo fácil de adquirir. Pero la misma intensidad que debe ponerse en enseñarles a ser sobrios, ha de emplearse también en hacerles magnánimos. La magnanimidad tiene mucho que ver con la generosidad y el estar por los demás, el buen magnánimo es quien ejercita el derroche con el prójimo y no con él mismo, quien es capaz de tirar la casa por la ventana si la causa lo justifica, quien no pone de manifiesto una irritante premiosidad a la hora de ir a pagar, quien no mide con mirada ceñuda el gasto ajeno, quien ante un coche de nivel, un reloj de oro o una pluma estilográfica de cierto lujo, su primer comentario no tiene que ver con su precio.

Y es quien cae en el error de mezclar conceptos, confundiendo la distinción con el lujo, la visión de futuro con el derroche, la magnanimidad con el "despendole". Recuerdo un compañero de trabajo que tuve hace muchos años: a la hora del café no invitaba nunca, no acudía a ninguna celebración con cualquier excusa, llegando a alardear de la cantidad de dinero que había conseguido ahorrar no asistiendo a comidas o cenas de despedida, tenía controladas las marcas de ropa de quienes trabajábamos con él ... todo lo cual sólo le sirvió para consolidar fama de personaje peculiar y perder ocasiones de ejercitar la amistad.

Soy de los convencidos de que nuestra sociedad necesita darse un baño de templanza, que nos hemos acostumbrado a vivir demasiado a lo grande y creado necesidades que no son tales; frecuentemente me planteo que la actual situación de recesión económica puede tener, por lo dicho, alguna consecuencia positiva, pero la solución no creo que pueda venir nunca a través de la cicatería de quienes han formateado su cabeza en una hucha.

Fotos: www.acanomas.com; salidadecancha.wordpress.com; www.tus-tarjetas.com


9 comentarios:

Consuelo dijo...

Completamente de acuerdo, se puede vivir sobriamente, incluso pasar dificultades, sin hacerlo notar continuamente a los demás, ni siquiera a uno mismo, sin que como dices sea "el primer comentario" o tema de conversación, lo que resulta, cuando menos, molesto. Y también es bueno disfrutar de lo que tienes, sea poco o mucho
Saludos
También esperaba el post de ayer

Modestino dijo...

Bienvenida a esta tu casa. Me temo que el post de ayer lo esperaba todo el mundo .... pero como se muera Manolo Escobar, Dios no lo quiera!, que nadie espere ver colgado "Mi carro" en el blog ;).

Máster en Nubes dijo...

Qué razón tienes y qué difícil a veces, por lo menos para mí, no pasarse de un lado.

A mi me gusta mucho comer, por ejemplo, y me encanta invitar a comer en casa, y me cuesta horrores no tirar la casa por la ventana, moderar el gasto. No por ahorro en sí, que también, por temmplanza. Y sé que no hago bien, lo sé.

Un abrazo

Modestino dijo...

Pues yo pienso que puestos a pasarse mejor hacerlo por ese lado. Además no veo malo ser espléndido, todo lo contrario. Una cosa son los sibaritas, los derrochadores, los exquisitos,... y otra que a uno le guste ser generoso con sus invitados.
Yo en tu caso no me preocuparia en demasía.

Sunsi dijo...

Pooobre Manolo Escobar. Que Dios lo conserve muchos años, pero la verdad es que no te imagino dedicándole un post.

Sí, señor. Templanza y magnanimidad. Qué bien lo has expuesto, Modestino. En tiempos de crisis, cuesta que no se te ponga cara de cerdito rosa. Sobre todo a los padres, que los hijos siempre están dispuestos a ser espléndidos.

Podría contar cosas de mis hijos de ponerse la piel de gallina. Tanto en el tema de la sobriedad como en el de la magnanimidad. Se supone que ellos aprenden de nosotros... se supone. Yo aprendo tantas veces de ellos...

Sólo añadir un matiz. Desde pequeños educamos el corazón. Educamos los sentimientos y lo que hay detrás de ellos: la misericordia, la bondad, el aprecio, la generosidad... Esa templanza magnánima va discurriendo de forma natural porque se apuntala en un corazón bueno.

La bondad no ha estado de moda nunca. Ves pasar niños que les han enseñado a ser competitivos, a ganar siempre a costa de lo que sea. Y luego nos quejamos de sus excesos y cicaterías cuando les toca volar solos.

Perdón por la extensión.
Un saludo y gracias por el post

MARISELA dijo...

Buenas tardes Modestino:acabo de encontrar este blog, rebotando por la red y me parece interesante, escribe usted muy bien y me gusaría ponerlo entre mis blogs a visitar.
Esta entrada me ha gustado mucho (aunque, por supuesto, antes leí ese poema tan bello, justo para un día como hoy) y no puedo dejar pasar oportunidad para darle mi opinión: soy una persona austera conmigo, pero larga con los demás. Me eduqué de forma tal que siempre he visto más las necesidades ajenas que las propias y gracias a eso y a las necesidades que se pasaban en mi país, ahora puedo vivir con muy poco. Y eso no significa que renuncie a mis gustos a la hora de gastar, en libros, por ejemplo, no hay quien me gane.Pero creo que el problema fundamental de la educación actual es que los padres cometen el error (por supuesto, es mi opinión personal) de darle a los hijos "lo que ellos no tuvieron".Y así, los niños, desde pequeños, saben pedir que da gusto.Los regalos deben significar un incentivo por el buen trabajo escolar, por ser educados, respetuosos con los demás, solidarios con los que no tienen, nunca debe ser dado gratuitamente, porque eso tergiversa la visión que tienen los hijos sobre las posibilidades reales de los padres, y después pueden llevarse un fiasco, cuando no les den lo que quieren.
Disculpa la extensión, es que estos temas me gustan.
Saludos y hasta otra.

Modestino dijo...

Bienvenida Marisela, ésta es tu casa. No tienes porqué disculparte por la extensión, pues lo que dices es enriquecedor, además de que lo comparto plenamente.
No se sí he conseguido reflejar lo que quería decir en ni post, fundamentalmente delimitar el concepto de sobriedad y diferenciarlo de la roñosería.

Rosaura dijo...

Me ha gustado mucho el artículo, mientras lo leía he pensado mucho en una persona que tu y yo conocemos, que pasó por Huesca dándolo todo, creo que no debió ahorrar ni un duro en ese tiempo dada la cantidad de invitaciones que hizo, su recuerdo para mí es imborrable y considero una gran virtud tener esa tremenda generosidad

Modestino dijo...

Me ha costado caer quién era esa persona. Sí, he de admitir que la echo de menos, que nos vendría muy bien para elevar el espíritu. Aunque a veces revolucionara el gallinero.
¡Viva Galicia!.